miércoles, mayo 11, 2016

Extraído de DIFERENCIA Y REPETICIÓN. Júcar, Madrid 1988, p. 388-390.

¿Por qué Nietzsche conocedor de los griegos, sabe que el eterno retorno es su invención, la creencia intempestiva o del futuro? Porque «su» eterno retorno no es en modo alguno el retorno de una mismidad, de una semejanza o de una igualdad. Nietzsche lo dice claramente: Si hubiera identidad, si hubiera para el mundo un estado cualitativo indiferenciado, o para los astros una posición de equilibrio, sería ésa una razón para no salir, no para no entrar en un ciclo. Así, Nietzsche vincula el eterno retorno a lo que parecía oponérsele o limitarlo desde fuera: la metamorfosis integral, lo desigual irreductible. La profundidad, la distancia, los bajos fondos, lo tortuoso, las cavernas, lo desigual en sí forman el único paisaje del eterno retorno. Zaratustra se lo recuerda al bufón, pero también al águila y a la serpiente: no se trata de una «mejora» astronómica, ni siquiera de una ronda física... No se trata de una ley de la naturaleza. El eterno retorno se elabora en un fondo en el que la Naturaleza original reside en su caos, por encima de los reinos y las leyes que constituyen tan sólo la naturaleza secundaria. Nietzsche contrapone su «hipótesis» a la hipótesis cíclica, «su» profundidad a la ausencia de profundidad en la esfera de los fijos. El eterno retorno no es ni cualitativo ni extensivo, es intensivo, puramente intensivo. Es decir: se dice de la diferencia. Tal es el vinculo fundamental del eterno retorno y de la voluntad de poder. El uno no puede decirse sino de la otra. La voluntad de poder es el mundo centelleante de las metamorfosis, de las intensidades comunicantes, de las diferencias de diferencias, de los soplos, insinuaciones y expiraciones: mundo de intensivas intencionalidades, mundo de simulacros o de «misterios». El eterno retorno es el ser del mundo, el solo Mismo que pueda decirse del mundo, y con exclusión de toda identidad previa. Es cierto que Nietzsche se interesaba por la energética de su tiempo; pero no se trataba de la nostalgia científica de un filósofo. Hay que adivinar que iba a buscar en la ciencia cantidades intensivas, el medio de realizar lo que llamaba la profecía de Pascal: hacer del caos un objeto de afirmación. Sentida contra las leyes de la naturaleza, la diferencia en la voluntad de poder es el objeto más alto de la sensibilidad, la Hohe Stimmung (hay que recordar que la voluntad de poder fue primeramente presentada como sentimiento, sentimiento de la distancia). Pensada contra las leyes del pensamiento, la repetición en el eterno retorno es el pensamiento más alto, la gross Gedanke. La diferencia es la primera afirmación, el eterno retorno es la segunda, «eterna afirmación del ser», o enésima potencia que se dice de la primera. Es siempre a partir de una señal, es decir, a partir de una intensidad primera, como el pensamiento se proyecta. A través de la cadena rota o del anillo tortuoso, nos vemos conducidos violentamente del limite de los sentidos al limite del pensamiento, de lo que no puede ser más que sentido a lo que no puede ser más que pensado.
Es porque nada es igual, porque todo se baña en la diferencia, en su desemejanza, en su desigualdad, incluso consigo mismo, por lo que todo retorna. O más bien por lo que nada retorna. Lo que no retorna es lo que niega el eterno retorno, lo que no soporta la prueba. Lo que no retorna es la cualidad, la extensión, porque la diferencia como condición del eterno retorno se anula; es lo negativo, porque la diferencia se invierte para anularse; es lo idéntico, lo semejante, lo igual, porque éstos constituyen las formas de la indiferencia. Es Dios, es el yo como forma y garante de la identidad. Es todo lo que no aparece sino bajo la ley del «de una vez por todas», incluida la repetición cuando se halla sometido a la condición de identidad de una misma cualidad, de un mismo cuerpo extenso, de un mismo yo (como ocurre con la «resurrección») .. ¿Quiere esto decir que en verdad ni la cualidad ni la extensión retornan? ¿O bien no estábamos obligados a distinguir a modo de dos estados de la cualidad y dos estados de la extensión? Uno en el que la cualidad fulgura como signo en la distancia, o intervalo de una diferencia de intensidad; el otro en el que, como efecto, reacciona ya sobre su causa y tiende a anular la diferencia. Uno en el que la extensión permanece aún implicada en el orden envolvente de las diferencias, y otro en el que la extensión explica la diferencia y la anula en el sistema cualificado. Tal distinción, que no puede efectuarse en la experiencia, se hace posible desde el punto de vista del pensamiento del eterno retorno. La dura ley de la explicación es la que se explica, y se explica de una vez por todas. La ética de las cantidades intensivas no tiene sino dos principios: afirmar incluso lo más bajo, y no explicarse (demasiado). Debemos ser como aquel padre que reprochaba a su hijo haber dicho todas las palabras sucias que sabía no sólo porque estaba mal, sino porque no se había guardado ninguna, ningún resto para la sutil materia implícita del eterno retorno. Y si el eterno retorno, incluso al precio de nuestra coherencia y en beneficio de una coherencia superior, conduce a las cualidades al estado de puros signos, y no conserva de las extensiones sino lo que se combina con la profundidad original, entonces aparecerán las cualidades más bellas, los colores más brillantes, las piedras más preciosas y las extensiones más vibrantes, puesto que, reducidas a su razón seminal, y tras haber roto toda relación con lo negativo, permanecerán para siempre apegadas al espacio intensivo de las relaciones positivas; entonces, a su vez, se realizará la predicción final del Fedón, cuando Platón promete, con la sensibilidad desprendida de su ejercicio empírico, templos, astros y dioses como jamás se han visto, afirmaciones inauditas. La predicción no se realizará, bien es cierto, sino con la inversión del platonismo mismo.

Gilles Deleuze

El cerebro es la pantalla

Cahiers du Cinéma, n° 380, febrero de 1986,"pp. 25-32. Este texto, corregido por Deleuze, fue el resultado de una mesa redonda con Alain Bergala, Pascal Bonitzer, Marc Chevrie, Jean Narboni, Charles Tesson y Serge Toubiana con ocasión de la publicación de Cinéma 2: límage-temps, París, Minuit, 1985 {trad. cast. Cine 2: la imagen tiempo, Barcelona, Paidós, 1986].

Fotograma de "Stalker", de Andrei Tarkovski


Cahiers. 
¿Cómo entró el cine en su vida, tanto en cuanto espectador como en cuanto filósofo? ¿Cuándo empezó a gustarle y cuándo empezó a pensar que era un dominio digno de la filosofía?

Gilles Deleuze. 
Mi experiencia es privilegiada, porque he tenido dos períodos muy separados. Antes de la guerra, cuando era un niño, iba muy a menudo al cine; el cine tenía, me parece, una estructura familiar, había salas de abonados, como la Pleyel, se podía mandar a los niños solos, yo no tenía elección con respecto al programa, y podía ser tanto Harold Lloyd o Buster Keaton como Les croix de bois, que me angustiaba, o la reposición de Fantomas, que me daba mucho miedo. Sería interesante investigar cuántas de aquellas salas han desaparecido, en barrios concretos: han surgido nuevas salas, pero muchas han desaparecido.
Luego, después de la guerra, volví al cine, pero de otra manera. Era estudiante de filosofía, y no era tan simple como para querer hacer una filosofía del cine, pero estaba impresionado por un hallazgo: me gustaban los autores que reclamaban la introducción del movimiento en el pensar, el "verdadero" movimiento (denunciaban la dialéctica hegeliana como un movimiento abstracto). ¿Cómo no ir al encuentro con el cine, que introducía en la imagen el "verdadero" movimiento? No se trataba de aplicar la filosofía al cine, sino que se iba directamente de la filosofía al cine. Y al contrario también, se iba directamente del cine a la filosofía. Algo extraño me impresionó en el cine: su inesperada aptitud para manifestar, no ya el comportamiento sino la vida espiritual (al mismo tiempo que sus comportamientos aberrantes); la vida del espíritu no es el sueño o la fantasía, que siempre fueron callejones sin salida para el cine, sino más bien el dominio de la decisión en frío, del entendimiento absoluto, de la elección existencial. ¿Cómo puede el cine ser tan apropiado para investigar la vida del espíritu? De aquí puede salir lo peor, un catolicismo, un sulpicismo propiamente cinematográfico, pero también lo mejor, Dreyer, Sternberg, Bresson, Rossellini, Rohmer hoy día. Es curioso el modo como  Rohmer asigna al cine el estudio de las distintas esferas de la existencia, la existencia estética en La coleccionista, la existencia ética en La buena boda, la existencia religiosa en Mi noche con Maud: se aproxima a Kierkegaard, que ya mucho antes del cine experimentó la necesidad de escribir mediante extrañas sinopsis. En suma, el cine no se limita a introducir el movimiento en la imagen, lo introduce también en el alma. La vida espiritual es el movimiento del espíritu. Se pasa con toda naturalidad de la filosofía al cine, pero también del cine a la filosofía.

El cerebro es la unidad. El cerebro es la pantalla. No creo que el psicoanálisis o la lingüística sean de gran ayuda para el cine. Pero sí, por el contrario, la biología del cerebro, la biología molecular. El pensamiento es molecular, hay velocidades moleculares que componen esta clase de seres lentos que somos. La frase es de Michaux: "El hombre es un ser lento que sólo es posible gracias a velocidades fantásticas". (Henri Michaux, Les Grandes épreuves de l'esprit, París, Gallimard, 1966, p. 33 [trad, cast., Las grandes pruebas del espíritu, Barcelona, Tusquets, 1985].
Los circuitos y encadenamientos cerebrales no preexisten a los estímulos, corpúsculos o granos que los trazan. El cine no es un teatro, compone los cuerpos con granos. Los encadenamientos son a menudo paradójicos, y desbordan por todas partes las meras asociaciones de imágenes. El cine, precisamente porque pone la imagen en movimiento, o más bien la dota de automovimiento, no deja de diseñar y rediseñar circuitos cerebrales. Y también aquí puede resultar lo mejor o lo peor. La pantalla, es decir, nosotros mismos, puede ser un cerebelo deficiente de un idiota o un cerebro creador. Sea el caso de los clips: su poder residía en sus nuevas velocidades, en nuevos encadenamientos y re-encadenamientos, pero antes incluso de haber llegado a desarrollar ese poder ya se han convertido en tics y en muecas penosos y en rupturas distribuidas de cualquier manera. El mal cine siempre comporta circuitos hechos de bajeza cerebral, violencia y sexualidad en lo representado, una mezcla de crueldad gratuita y de debilidad organizada. El verdadero cine se eleva hasta otra violencia, otra sexualidad, moleculares, no localizables: los personajes de Losey, por ejemplo, son comprimidos de violencia estática, tanto más violentos cuanto menos se mueven. Estas historias de velocidades del pensamiento, precipitaciones o petrificaciones, son inseparables de la imagen-movimiento: véase la velocidad de Lubitsch, el modo como introduce en la imagen verdaderos razonamientos, relámpagos, la vida del espíritu.

El encuentro entre dos disciplinas no tiene lugar cuando una se pone a reflexionar sobre otra sino cuando una de ellas se percata de que debe resolver por su cuenta y con sus medios propios problemas similares a los que se plantean en la otra. No es difícil concebir que, en momentos diferentes, en ocasiones y condiciones diferentes, diversas ciencias se vean afectadas por problemas semejantes, así como la pintura, la música, la filosofía, la literatura y el cine. Se trata de las mismas sacudidas que afectan a terrenos completamente diferentes. No hay más crítica que la comparativa (y la crítica de cine se malea cuando se encierra en el propio cine como en un gueto), porque toda obra de cualquier dominio es, en sí misma, autocomparativa.

Godard ha afrontado la pintura en Passion, y la música en Nombre: Carmen, y hace un cine serial, pero también un cine de la catástrofe, en un sentido que corresponde a la concepción matemática de René Thom. No hay obra que no tenga su comienzo o su continuación en otras artes. Si he podido escribir sobre el cine no ha sido invocando un derecho a la reflexión, sino porque los problemas filosóficos me han llevado a buscar respuestas en el cine, a pesar de que estas respuestas supongan nuevos problemas. Todo trabajo se inscribe en un sistema de relevos.

Cahiers. 
Lo que nos llama la atención en sus dos libros sobre el cine es algo que ya estaba presente en sus libros anteriores, pero nunca hasta este extremo, la taxonomía, el gusto por la clasificación. ¿Se trata de una disposición que usted tenía desde siempre o le ha sobrevenido en el curso de su existencia? ¿Tiene la clasificación un vínculo particular con el cine?

G. Deleuze. 
Sí, no hay cosa más divertida que las clasificaciones, las tablas. Es como el esqueleto de un libro o su vocabulario, su diccionario. No es lo esencial, que viene después, pero es un trabajo preparatorio indispensable. Lo más hermoso son las clasificaciones de la historia natural. La obra de Balzac está construida a partir de clasificaciones asombrosas. Borges propuso una clasificación china de los animales que hacía las delicias de Foucault: pertenecientes al emperador, embalsamados, domésticos, lechones, sirenas, etcétera. Todas las clasificaciones son de este género: son móviles, sus criterios varían con los casos, son retroactivas y remodelables, ilimitadas. Algunas casillas están muy pobladas, otras están vacías. En una clasificación se trata siempre de reunir cosas en apariencia muy diferentes, y de separar otras aparentemente próximas. Es la formación de los conceptos. Se dice a veces que "clásico", "romántico", o bien "nouveau román" o "neorrealismo" son abstracciones insuficientes. Yo creo que se trata de categorías bien fundadas siempre que se remitan, no a formas generales, sino a signos o síntomas singulares. Una clasificación siempre es una sintomatología, se clasifican signos para extraer de ellos un concepto que se presenta como acontecimiento, no como una esencia abstracta.

A este respecto, las diferentes disciplinas son verdaderamente materias signaléticas. Las clasificaciones varían según su materia pero también se solapan según las afinidades variables entre materias. Debido a que mueve y temporaliza la imagen, el cine es una materia muy particular y a la vez posee un alto grado de afinidad con otras materias pictóricas, musicales, literarias... El cine no ha de comprenderse como un lenguaje sino como una signalética.

Por ejemplo: he intentado hacer una clasificación de las luces en el cine. Está la luz como medio físico compuesto cuya composición da el blanco, una especie de luz newtoniana que se encuentra en el cine americano y quizá también, de otra manera, en Antonioni. Luego está la luz de Goethe, como fuerza indescomponible que escapa a las tinieblas y saca a las cosas de la sombra (expresionismo, pero, ¿no están también de este lado Ford o Welles?). Y hay aún una tercera luz, que ya no se define tanto por su enfrentamiento a las sombras como por su contraposición a lo blanco, considerando ahora lo blanco como opacidad (es otro aspecto de Goethe, es Sternberg). También hay una luz que no se define por composición ni por contraposición sino por alternancia, por producción de figuras lunares (es la luz de la escuela francesa de antes de la guerra, y en especial la de Epstein y Grémillon, quizá aún la de Rivette en nuestros días: y está próxima a los conceptos y las prácticas de Delaunay). Y la lista no debe cerrarse, porque siempre pueden crearse nuevos acontecimientos de la luz, como por ejemplo hace Godard en Passion. Y lo mismo habría que decir para una clasificación abierta de los espacios del cine: se podrían distinguir los espacios orgánicos o englobantes (el western, pero también Kurosawa, que confiere al englobante una amplitud inmensa); las líneas de universo funcionales (el neo-western, pero sobre todo Mizoguchi); los espacios llanos de Losey, terrazas, acantilados o mesetas, que en sus dos últimas películas le han llevado a descubrir el espacio japonés; los espacios desconectados, los empalmes indeterminados al modo de Bresson; los espacios vacíos a la manera de Ozu o de Antonioni; los espacios estratigráficos, que valen por aquello que recubren hasta el punto de que se "lee" el espacio, como en los Straub; los espacios topológicos de Resnais, etcétera. Y, también aquí, hay tantos espacios como inventores.

Y las luces se combinan de forma muy variada con los espacios. En todos los casos, se ve que estas clasificaciones de signos luminosos o espaciales son características del cine y sin embargo remiten a otros dominios, ciencias o artes, Newton o Delaunay, que las usan en otro orden, en otros contextos y relaciones, con otras divisiones.

Cahiers. 
Hay una "crisis" de la noción de autor en el cine. El discurso actual en el cine podría ser éste: "Ya no hay autores, todo el mundo es autor, y los que quieren serlo son unos capullos".

G. Deleuze. 
Hoy día existen muchas fuerzas que se han propuesto negar la existencia de toda diferencia entre lo comercial y lo creativo. Cuanto más se niega esta distinción más divertido, inteligente y enterado es uno. De hecho, esto simplemente traduce una exigencia del capitalismo, la rotación rápida. Cuando los publicitarios nos explican que la publicidad es la poesía del mundo moderno, esta proposición desvergonzada olvida que no hay ningún arte que se proponga componer o revelar un producto que responde a las expectativas del público. Aunque sea chocante e incluso aunque quiera serlo, la publicidad responde a una expectativa supuesta. Por el contrario, ei arte produce necesariamente lo inesperado, lo no reconocido, lo irreconocible. No hay arte comercial, es un contrasentido. Hay, ciertamente, artes populares. También hay artes que necesitan más o menos inversiones financieras, hay un comercio de las artes, pero no artes comerciales. Lo que parece complicarlo todo es que la misma forma le sirve al creativo y al comercial.

Lo vemos ya en el caso de la forma-libro: es la misma para la colección Harlequin (Colección lanzada en 1978 en Francia por la editorial del mismo nombre, especializada —según su propia publicidad- en "conflictos pasionales intensos que contraponen a héroes viriles y heroínas idealistas en un universo de lujo y sofisticación, y que tienen un desenlace feliz". En la actualidad comprende once subcolecciones diferentes especializadas en distintas clases de romances.) y para una novela de Tolstoi. Cuando se ponen a competir un libro de entretenimiento y una gran novela, por fuerza tiene que ganar el libro de entretenimiento o el best-seller en un mercado único de rotación rápida o, lo que es peor, será el primer tipo de libros el que pretenderá tener las cualidades del segundo, que se convertirá en su rehén. Así ocurre en la televisión, donde el juicio estético se convierte en "es sabroso", igual que una comida, o en "es imparable", como un penalti en el fútbol. Es una promoción a la baja, una igualación de toda la literatura con el consumo de masas. "Autor" es una función que remite a la obra de arte (y, en otras condiciones, al crimen). Para los demás productos hay otros nombres, también respetables, redactores, programadores, realizadores, productores... Los que dicen "hoy ya no hay autores" suponen que habrían sido capaces de reconocer a los de ayer cuando todavía no eran conocidos. Esto es pura vanidad. El arte sólo puede subsistir bajo las condiciones de un doble sector, de una distinción siempre actual entre lo comercial y lo creativo.

Los Cahiers han contribuido de forma importante a establecer esta distinción en el propio cine, y a mostrar lo que es un autor de películas (incluso aunque se trate de un dominio en el cual hay también productores, redactores, agentes comerciales, etcétera). Paini (Ensayista y estudioso de las artes visuales, Dominique Paini ha sido director de la filmoteca del Louvre, de la filmoteca francesa y del área de cultura del centro Georges Pompidou de Paris, así como presidente de la comisión de ayuda selectiva a la videoedición. Es también autor de un libro de testimonios gráficos sobre Deleuze: Deleuze, un álbum, Paris, Editions du Centre Pompidou, 2005)  ha dicho recientemente cosas muy interesantes acerca de todos estos temas (En una entrevista en los Cahiers du Cinéma, n° 357, marzo de 1984).

Hoy nos las damos de listos negando la distinción de lo comercial y lo creativo: y es que hay interés en hacerlo. Es difícil hacer una obra, pero es fácil encontrar los criterios. No hay obra, por breve que sea, que no implique una gran empresa o una larga duración interna (por ejemplo, la empresa de relatar los recuerdos de familia no es una gran empresa). Una obra es siempre la creación de espacios y tiempos nuevos (no se trata de contar una historia en un espacio y un tiempo determinados, es preciso que los ritmos, las luces, los espacio-tiempos se conviertan ellos mismos en verdaderos personajes). Una obra está llamada a hacer surgir los problemas y las preguntas en que estamos metidos, no a darles respuesta.

Una obra es una nueva sintaxis, lo que es mucho más importante que el vocabulario y forja una lengua extranjera dentro de la lengua. En el cine, la sintaxis son los encadenamientos y re-encadenamientos de imágenes, pero también las relaciones entre imágenes visuales y sonidos (hay un vínculo íntimo entre ambos aspectos). Si hubiera que definir la cultura, habría que decir que no se trata de conquistar un dominio difícil o abstracto sino de percatarse de que las obras de arte son mucho más concretas, alegres, conmovedoras, que los productos comerciales: hay en las obras de creación una multiplicación de la emoción, una liberación de la emoción, invención de nuevas emociones, que se distinguen de los modelos emotivos prefabricados por el comercio. Lo vemos singularmente en Bresson, en Dreyer: son incluso los maestros de una nueva comicidad. La cuestión del cine de autor consiste ciertamente en garantizar la distribución de las películas existentes, que no pueden soportar la competencia con el cine comercial porque requieren otra duración, pero también consiste en hacer posible la creación de películas que aún no existen. Quizá el cine no ha llegado a ser aún lo suficientemente capitalista. Hay circuitos dinerarios de duración muy distinta: también habría que distinguir, en la inversión cinematográfica, entre la larga, la corta y la media duración.
En el caso de la ciencia, el capitalismo ha llegado a distinguir perfectamente el interés de la investigación fundamental.

Cahiers. 
Hay en su libro una tesis aparentemente "escandalosa" que se opone a todo cuanto se ha escrito sobre el cine y que concierne justamente a la imagen-tiempo. El análisis filmológico siempre ha aceptado como argumento que, en una película, aunque haya flash-back, sueños, recuerdos o incluso escenas anticipatorias, cualquiera que sea el tiempo evocado el movimiento siempre se realiza ante nosotros y en presente. Sin embargo, usted afirma que la imagen cinematográfica no está en el presente.

G. Deleuze. 
Es curioso, en efecto, porque a mí me parece evidente que la imagen cinematográfica no está en presente. Lo que está en el presente es aquello que la imagen cinematográfica "representa", pero no la imagen en cuanto tal. La propia imagen es un conjunto de relaciones de tiempo de las cuales el presente solamente se deriva, ya sea como mínimo común múltiplo o como mínimo común divisor. Las relaciones de tiempo nunca se ven en la percepción ordinaria, sino que están en la imagen cuando es creadora. La imagen hace sensibles, visibles, las relaciones de tiempo irreductibles al presente. Por ejemplo, una imagen nos muestra a un hombre que sigue el curso de un río, en un paisaje de montaña: hay al menos tres "duraciones" coexistentes, tres ritmos, y la relación de tiempo es la coexistencia de estas duraciones en la imagen, que no se confunde en absoluto con el presente en el cual se representa la imagen. Este es el sentido en el que Tarkovski rechaza la distinción entre plano y montaje, porque define el cine por la "presión del tiempo" en el plano. (Andrei Tarkovski, "De la figure cinématográphique" [De la figura cinematográfica], Positif, n" 249, diciembre de 1981.)

 Esto se evidencia con ejemplos: una naturaleza muerta de Ozu, un travelling de Visconti, una profundidad de campo de Welles. Si nos quedamos en lo representado, es una bicicleta inmóvil, o una montaña, o es un coche, o un hombre, que recorren un espacio. Pero, desde el punto de vista de la imagen, la naturaleza muerta de Ozu es la forma del tiempo que no cambia en cuanto tal, aunque todo cambie en ella (relación de aquello que es en el tiempo con el tiempo). Del mismo modo, el coche de Sandra, en la película de Visconti, se hunde en el pasado y, al mismo tiempo, se ve cómo recorre un espacio en el presente. Esto no tiene nada que ver con el flash-back ni con el recuerdo, porque el recuerdo no es más que un presente antiguo, mientras que el personaje de la imagen se hunde literalmente en el pasado o emerge del pasado. Como regla general, en cuanto un espacio deja de ser "euclidiano", en cuanto hay creación de espacios a la manera de Ozu, de Antonioni o de Bresson, el espacio deja de dar cuenta de sus propios caracteres, que remiten a relaciones temporales. Resnais es seguramente uno de los autores cuyas imágenes están menos en el presente, porque se apoya enteramente en la coexistencia de duraciones heterogéneas. La variación de las relaciones de tiempo es el tema mismo de Je t'aime Je faime, con independencia de ioáo fíash-hack. ¿Qué es un "fallo de raccord" o una disyunción entre el ver y el hablar, como en los Straub o en Marguerite Duras, o la pantalla emplumada de Resnais, los cortes en negro o en blanco de Garrel? Es, en cada uno de los casos, "un poco de tiempo en estado puro" (Referencia al "tiempo recobrado" de Proust)  no un presente. El cine no reproduce los cuerpos, los produce con granos que son granos de tiempo. Cuando se dice que el cine ha muerto, esto es algo particularmente estúpido, porque el cine está solamente en los comienzos de una exploración de las relaciones entre el sonido y lo visual, que son relaciones temporales, y está renovando completamente su relación con la música. La enorme inferioridad de la televisión consiste en que se queda con las imágenes en el presente, lo presentifica todo, salvo cuando es manejada por grandes cineastas. La idea de una imagen en presente sólo califica las obras mediocres o comerciales. Es una idea completamente falsa, es incluso el tipo mismo de una falsa evidencia. Hasta donde yo sé> sólo Robbe-Grillet la ha recogido; pero lo ha hecho precisamente con una diabólica malicia. Es uno de los pocos autores que producen efectivamente imágenes en presente, pero mediante relaciones de tiempo muy complejas que son característicamente suyas. Es la prueba viviente de que estas imágenes son difíciles de crear si no nos contentamos con lo representado, y de que no se trata en absoluto de un dato natural de la imagen.

Por Alan Pauls, sobre Cartas a Félix Guattari, Pierre Klossowski y Michel Foucault.

EL ÚLTIMO DELEUZE (Publicada en Página 12, 2015)

Hace veinte años, exactamente el 4 de noviembre de 1995, acorralado por una insuficiencia pulmonar, el filósofo Gilles Deleuze ponía fin a su vida, poco antes de que se terminara un siglo, o que quizás estuviera por comenzar otro, al que Foucault había calificado de “deleuziano”. Entre los homenajes y los dossiers que se le dedican por estos días en Francia, cabe destacar que Editions de Minuit acaba de publicar el tercer y último volumen póstumo de Deleuze, titánica tarea emprendida por el especialista en su obra David Lapoujade. Después de La isla desierta y otros textos (2002) y Dos regímenes de locos (2003) es el turno de Lettres et autres textes del que aquí se publican algunas cartas a Félix Guattari, Pierre Klossowski y Michel Foucault.

 Por Alan Pauls

Foucault auguró que el siglo –algún siglo: tuvo la prudencia de no precisar cuál– sería deleuziano. Puede que tuviera razón, pero el mercado de conmemoraciones parisino no se la iba a hacer fácil. Si había un año capaz de mostrar a qué se parecería el mundo con el augurio foucaultiano realizado, ése era el 2015: el 18 de enero se cumplían 90 años del nacimiento del filósofo y el 4 de noviembre veinte de su muerte. Hélàs, si se los recordó, ambos aniversarios pasaron más bien inadvertidos, sepultados por el alud de memorabilia que precipitó una efeméride rival, el centenario del nacimiento de Roland Barthes. Nada más imbatible, a la hora de rememorar, que un número tan redondo, y es cierto que la obra de Barthes, egotista y sensual, y el aura de suave afabilidad que envolvía a su autor, aun con su pátina de melancolía malhumorada, eran más proclives a despertar entusiasmos exhumatorios que un exit trágico y decidido como el de Deleuze, que, extenuado por el calvario de una larguísima insuficiencia pulmonar, se mató saltando al vacío desde una ventana de su departamento de la avenue Niel. Tenía setenta y un años.
A Barthes se lo vio hasta en la sopa. Además del Album, una maciza recopilación de inéditos, cartas y material fotográfico, explotaron las biografías, los libros de ensayos, los tributos de discípulos en trance, las cartas abiertas de viejos compañeros de ruta, los testimonios de amigos, conocidos y fieles, los números especiales de revistas, las soirées de homenaje y los coloquios internacionales. Hubo hasta lugar para una crónica novelada porfiada en la tesis intrépida de que el accidente que le costó la vida en 1980, cuando el escritor salía de comer con el presidente Mitterrand, se debió menos a la impericia del conductor de la camioneta que lo atropelló que a un oscuro complot orquestado por la crème de la crème intelecto-criminal parisina. Mientras Barthes, muerto, está mucho más acompañado que vivo, Deleuze no hace sino profundizar su soledad. Tímido casi hasta la mudez, el aniversario de su defenestración no agregó mucho a las migajas que ya habían hecho públicas veinte años de posteridad. Un especial de la revista mediapart, órgano online habitualmente perspicaz, dilapidó el legado deleuziano entre media docena de bobalicones que, con más o menos dosis de acné e impertinencia, repetían elegías del tipo: “Nunca lo entendí, pero siempre lo sentí conmigo” blogs.mediapart.fr/edition/gillesdeleuzeaujourdhui). De materiales inéditos hubo poco y nada. Era previsible: Deleuze hacía de la falta de resto una militancia. Nunca le sobró nada. Todo lo que sabía lo sabía para enseñarlo y escribirlo, y todo lo que escribía lo escribía para publicarlo. Filosofaba contra el archivo: ninguna reserva, cero ahorro, nada de encajonar capitales para el futuro. A diferencia de Barthes, cuyo centenario dio pie para reactivar las promesas dormidas de una socialidad equívoca, a la vez amorosa, intelectual y farandulera, Deleuze no mereció las evocaciones personales que habría repelido. Hasta en eso –él, que se pasó los últimos años puliendo el concepto de vida impersonal– era enemigo de guardar. Ni su vida privada le era propia; lo poco que se sabe de ella –es la tesis implícita de Gilles Deleuze y Félix Guattari, biografía cruzada de François Dosse– está indisociablemente trenzado con la vida y la práctica filosóficas. Vivir, pensar, tal vez crear... pero sin condescender jamás a la vulgaridad de una biografía. En cambio, abrirse sin escrúpulos a todas las repercusiones, todos los derrames posibles: Deleuze y la ciencia, Deleuze y la estética, Deleuze y el arte contemporáneo, Deleuze y la literatura, Deleuze y la política, Deleuze y la pop philosophie... aun a riesgo de generar efectos epigonales, miméticos o meramente publicitarios. Puede que “devenir”, “rizoma” o “multiplicidad” brillen hoy más como membretes de productoras de cine o tiendas de diseño que como los conceptos radiactivos que fueron, pero en esa condición viral, capaz de infectar hasta las zonas más refractarias a la filosofía, reside el secreto de la vitalidad de una imagen del pensamiento que, por otro lado, no sería lo que es si no alojara también a ese alter ego que Deleuze nunca dejó de ser: un filósofo “puro”, abocado a leer y releer muy de cerca a otros filósofos (Bergson, Spinoza, Hume, Leibniz) para, eventualmente, como él mismo decía, “hacerles un hijo por la espalda”: alguien dispuesto a morir por la idea de que pervertir un pensamiento es la continuación de comprenderlo por otros medios.

Veinte años sin Deleuze parieron una legión de fotocopistas tediosos, pero también reconocimientos de pares ilustres y no necesariamente sincrónicos (Alain Badiou), glosas de discípulos brillantes y también trágicos (François Zourabichvili, otro suicida) y sobre todo la fidelidad y el escrúpulo de David Lapoujade, un joven experto en pragmatismo anglosajón (tiene un libro formidable sobre los hermanos James, William el filósofo y Henry el narrador) que, mientras incubaba la que resultó una de las monografías más personales sobre el maestro (Deleuze, les mouvements aberrants, de 2014), se cargaba a la espalda la compilación de tres tomos póstumos de deleuziana: La isla desierta y otros textos (2002), Dos regímenes de locos (2003) y el flamante Lettres et autres textes, publicado hace apenas un mes por de Minuit, la editorial de Deleuze desde El Antiedipo (1972). Lettres será el último de la serie; nada más, se supone, aparecerá bajo la firma Gilles Deleuze, nada al menos que cuente con la venia del comité que administra su legado, compuesto por Fanny y Emilie Deleuze, viuda e hija del filósofo, e Irène Lindon, hija de Jerôme Lindon, mítico fundador de Minuit. Es quizás el más excéntrico y deforme de los tres, a tal punto devela zonas de la obra y la vida que el mismo Deleuze prefirió siempre mantener a la sombra: un Deleuze dibujante (autor de unas caricaturas extrañas, de un grotesco incongruente, como un Lino Palacio revisitado por el Artaud del período Rodez); un Deleuze prehistórico, filósofo cachorro que a mediados de los 40, mientras reseña clásicos del existencialismo cristiano, reflexiona sobre los “sentimientos fuera de la ley” (onanismo, pederastia, lesbianismo) y emite latigazos de misoginia baudelairiana como “la mujer es una conciencia inútil. Una conciencia gratuita, autóctona, indisponible. No sirve para nada. Un objeto de lujo” (estos textos “de juventud” son los únicos de los que Deleuze renegó: si se publican ahora es para neutralizar con una versión “oficial” las reproducciones que proliferan por la red, a menudo llenas de errores); y un Deleuze corresponsal, tan metódico (contestaba todas las cartas que recibía) como descuidado (solía tirar sus respuestas a la basura), que dialogaba por escrito con colegas (Clément Rosset, Michel Foucault, Pierre Klossowski, François Châtelet) y atendía generosamente a doctorandos y admiradores (André Bernold, Arnaud Villani), pero rara vez fechaba sus envíos y jamás archivaba los que recibía, fiel a ese atolondramiento táctico con que su generación se las ingenió para borronear toda pista biográfica. (Lapoujade comenta que Jean Pierre Bamberger, amigo íntimo de Deleuze, no tenía idea del año en que Deleuze había defendido su tesis, pero recordaba a la perfección el saco que vestía ese día.)

Las cartas –de las que publicamos aquí una muestra– ocupan menos de un centenar de páginas. Dado el tabú que pesa sobre el acervo personal deleuziano, son reveladoras como una huella digital ensangrentada. Es epistolar el éxtasis de gratitud que Deleuze le confiesa a Foucault tras haber leído su Theatrum Philosophicum (el ensayo de 1970 donde Foucault profiere su famoso augurio sobre el siglo), como lo es también el reconocimiento de la enorme deuda teórica que las tesis más fuertes de El Antiedipo tienen con ciertos ensayos de Pierre Klossowski. De hecho, según lo prueban las catorce cartas a Guattari que compila Lapoujade, buena parte del trabajo a cuatro manos que insumió El Antiedipo se hizo por carta, sin tutearse, en un ping-pong especulativo de una intensidad abrumadora, matriz del tandem filosófico más radical que deparara el post 68, donde Deleuze se da el lujo de confesar lo inconfesable: que no entiende, que tal o cual línea de razonamiento se le escapan, que necesita tiempo, más tiempo, para llegar adonde lo esperan las hipótesis radicales de Guattari. La misma modestia, en versión quizá más perturbadora, aparece cuando Deleuze, en la correspondencia con sus discípulos, no acepta sino a regañadientes que decidan dedicarse a su obra, y sólo después de arrancarles la promesa de que no atarán sus carreras académicas a él, a su nombre y su pensamiento (algo que, dada la condición polémica del trabajo de Deleuze, podía perjudicarlos), puesto que “ya son demasiado filósofos para ocuparse de mí”.

Demasiado personal, demasiado joven, es este Deleuze que derrapa, agradece, se pierde o tiembla el que nos cuesta reconocer y nos conmueve en Lettres et autres textes, tal vez porque no se ve qué solución de continuidad podría emparentarlo con el samurai implacable, afirmativo, virulento y alegre que nos acostumbramos a imaginar al leerlo o cuando pensamos en su nombre. Lapoujade, con todo, no lo olvida. Aunque no exento de ironía, le hace un poco de lugar cuando incluye en el libro, casi en su centro mismo, la entrevista maratónica (¡cuarenta páginas!) que Raymond Bellour hace con Deleuze y Guattari en 1972, a raíz de la salida de El Antiedipo, el único verdadero inédito del volumen y una de las pocas entrevistas con Deleuze que se publican a partir de la transcripción de una cinta de audio (Deleuze redactaba todos sus reportajes).

Es el momento más cómico del libro, gran paso de comedia rive gauche. Bellour, joven e intimidado, es toda una promesa de la french theory. Deleuze y Guattari están en la cresta de la ola, cebados de arrogancia y desdén, convencidos de haber conectado en una invención milagrosa –el esquizoanálisis–, por fin, dos fuerzas que al marxismo y al psicoanálisis no les alcanzó todo el siglo veinte para fundar y desvirtuar: la producción y el inconsciente. “Somos los primeros en anunciar”, declara Deleuze, “algo que ya está sucediendo, y que no tuvo que esperarnos a nosotros para suceder: que las cosas ya no pasarán por la lectura de Freud y el psicoanálisis, pasarán por la experimentación.”


La entrevista es áspera, increíblemente forcejeada: un festival de pechazos donde resuenan casi sin filtro las balaceras de la época. Bellour, tímido, pregunta si es posible teorizar el deseo sin la noción de falta. Guattari (probablemente afectado por la tirria que le inspira Les Temps Modernes, la revista donde [nunca] se publicará la entrevista) reacciona: “¡La peor de las abstracciones! ¿Falta de qué? ¿De vitaminas, de oxígeno? (...) Tu pregunta está podrida”. Bellour balbucea: El nomadismo, OK, todo bien, en el espacio ideal de las novelas de Beckett, en Michaux, en Joyce, de acuerdo, pero... Y Guattari, tirándosele encima: “¡Está por decir una pelotudez! Terminá la frase, vas a decir una pelotudez, dale. Qué, que, que... ¿todo eso es literatura?” Zumban las balas en la tarde última. Guattari, queda claro: es el que va con los tapones de punta. Pero ¿quién es Deleuze en esa batalla campal? Es el que se echa la culpa. “Todo el costado universitario del libro es culpa mía”, dice. Es el que admite que no puede contestar (porque el problema sobre el que lo interrogan es demasiado complejo). Es el que se reconoce interpelado por la diferencia, ya sea para negarla (“No, no hay diferencias entre Félix y yo”), ya sea para endulzarla (“Félix dice: Sean edípicos hasta el fondo; yo, en cambio, diría: Descubran algo más puro bajo sus mugres edípicas”). En otras palabras, Deleuze –aun en el pico de su beligerancia– es el frágil, el delicado, el que no piensa deponer las armas pero privilegia siempre la interlocución (aun cuando el interlocutor se confunda con un blanco), porque sólo en la interlocución el pensamiento irrumpe como peligro. Si Guattari es el agitador, Deleuze es algo tan anacrónico como un profesor, en el sentido más francés (Foucault, Derrida, Badiou, el mismo Barthes, tan ninguneado por la institución universitaria, ¿dónde pensaron todo lo que escribieron sino en el marco institucional de la enseñanza?), más hospitalario y más explosivo de la palabra.

TENDRÉ QUE ERRAR SOLO, de Jacques Derrida

Gilles Deleuze (18 de enero de 1925 – 4 de noviembre de 1995)
TENDRÉ QUE ERRAR SOLO
Jacques Derrida



Texto publicado en Libération, París, 7 de noviembre de 1995. Traducción de Manuel Arranz en «Cada vez única, el fin del mundo», Valencia, Pre-Textos, 2005.

Demasiado que decir, y hoy no tengo ánimo para ello. Demasiado que decir sobre lo que nos acaba de suceder, sobre lo que me acaba de suceder a mí también, con la muerte de Gilles Deleuze, con una muerte temida sin duda (sabíamos que estaba muy enfermo), con esta muerte concreta, esta imagen inimaginable cuyo acontecimiento seguirá ahondando, todavía más si es posible, el doloroso infinito de otro acontecimiento. Deleuze el pensador es ante todo el pensador del acontecimiento, y siempre de este acontecimiento. Lo fue del principio al fin. Releo lo que decía del acontecimiento, ya en 1969, en uno de sus mejores libros. Logique du sens. Primero cita a Bousquet: «A mi gusto por la muerte, dice Bousquet, que era un fallo de la voluntad, sustituiré un deseo de morir que sea la apoteosis de la voluntad», y luego continúa: «De ese gusto a ese deseo, nada cambia en cierto modo, salvo un cambio de la voluntad, una especie de salto de todo el cuerpo, sin moverse del sitio, que troca su voluntad orgánica por una voluntad espiritual, que desea ahora no exactamente lo que sucede, sino algo en lo que sucede, algo por venir que está de acuerdo con lo que sucede, de acuerdo con las leyes de una oscura conformidad humorística: el Acontecimiento. En este sentido es en el que el amor fati se identifica con la lucha de los hombres libres». (Habría que citar interminablemente.)

Demasiado que decir, sí, sobre el tiempo que con tantos otros de mi «generación» tuve la suerte de compartir con Deleuze, sobre la suerte de pensar gracias a él, pensando en él. Desde el principio, todos sus libros (pero sobre todo Nietzsche, Difference et Répètition, Logique du sens) fueron para mí no sólo fuertes incitaciones a pensar, por supuesto, sino que en cada ocasión la experiencia turbadora, tan turbadora, de una proximidad o de una afinidad casi completa con las «tesis», si puede decirse así, a través de las diferencias demasiado evidentes en aquello que llamaré, a falta de palabra mejor, el «gesto», la «estrategia», la «manera": de escribir, de hablar, de leer quizás. Por lo que respecta, aunque esta palabra no es apropiada, a las «tesis», y concretamente a aquella que concierne a una diferencia irreductible a la oposición dialéctica, una diferencia «más profunda» que una contradicción (Différence et Répètition), una diferencia en la afirmación felizmente repetida («sí, sí»), la asunción del simulacro. Deleuze sigue siendo, sin duda, a pesar de tantas diferencias, aquel de quien me he considerado siempre más cerca de entre todos los de esta «generación», jamás he sentido la menor «objeción» insinuarse en mí, ya fuese virtualmente, contra ninguno de sus discursos, incluso si ha sucedido a veces que haya protestado contra tal o cual proposición de L'Anti-Œdipe (se lo dije un día mientras volvíamos juntos en coche de Nanterre, después de haber asistido a la lectura de una tesis sobre Spinoza), o tal vez contra la idea de que la filosofía consista en «crear» conceptos. Me gustaría tratar un día de explicarme a propósito de semejante acuerdo sobre el contenido filosófico cuando ese mismo acuerdo no excluye nunca todas esas distancias que no sabría, todavía hoy, nombrar o situar. (Deleuze había aceptado la idea de publicar un día una larga entrevista improvisada entre nosotros sobre este tema, pero tuvimos que esperar, que esperar demasiado.) Únicamente sé que esas diferencias jamás dieron lugar entre nosotros a otra cosa que amistad. Jamás una sombra, ningún gesto, que yo sepa, ha indicado lo contrario. Esto es algo tan raro en nuestro medio que por eso quiero hacerlo constar aquí en este momento. Esta amistad no tenía que ver solamente con el hecho, por lo demás significativo, de que tuviésemos los mismos enemigos. Nos veíamos poco, es cierto, sobre todo en los últimos años. Pero todavía puedo oír el sonido de su voz un poco cascada diciéndome tantas cosas que me gusta recordar literalmente («mi enhorabuena», me susurró con una amable ironía un verano de 1955 en el patio de la Sorbona cuando yo estaba a punto de conseguir una agregaduría: o bien, con la misma amabilidad del veterano: «Es una pena que dediquéis todo ese tiempo a esta institución [el Colegio Internacional de Filosofía], preferiría que os dedicaseis a escribir...». Recuerdo también la memorable década «Nietzsche» en Cerisy, en 1972, y tantos y tantos otros momentos que me hacen, sin duda como a Jean François Lyotard (que se encontraba también allí), sentirme hoy muy solo, como un melancólico superviviente de eso que llamamos, con esa terrible y un poco falsa palabra, una «generación». Cada muerte es única, sin duda, y por lo tanto insólita, pero ¿podemos llamarla insólita cuando, de Barthes a Althusser, de Foucault a Deleuze, se ceba de ese modo en la misma «generación», como en serie –y Deleuze fue también el filósofo de la singularidad serial–, podemos llamar insólitas todas esas muertes fuera de lo común?

Sí, todos amábamos la filosofía, ¿quién puede negarlo? Pero es verdad, lo dijo él mismo, que Deleuze era de todos, en esta «generación», el que practicaba la filosofía más alegremente, más inocentemente. Me parece que no le habría gustado la palabra que he utilizado antes, «pensador». Habría preferido «filósofo». Se reconocía a este respecto «el más inocente (el más exento de culpabilidad por “hacer filosofía”» (Pourparlers 1972-1990). Ésta era sin duda la condición para dejar en la filosofía de este siglo la profunda, la incomparable huella que ha dejado. La huella de un gran filósofo y de un gran profesor. El historiador de la filosofía que procedió a una especie de selección para configurar su propia genealogía (los estoicos, Lucrecio, Spinoza. Hume, Kant, Nietzsche, Bergson, etcétera), fue también un inventor de filosofía que no se encerró jamás en ningún coto filosófico (escribió sobre la pintura, el cine y la literatura, Bacon, Lewis Carrol, Proust, Kafka, Melville, etcétera).

Y además quiero decir también aquí que me gustaba y admiraba su manera –siempre justa– de tratar con la imagen, los periódicos, la televisión, la escena pública y las transformaciones que ha experimentado en el curso de los últimos decenios. Economía y prudente retirada. Me sentía solidario con lo que él hacía y decía a este respecto, por ejemplo en una entrevista en Libération a raíz de la publicación de Mille Plateaux (en la línea de su panfleto de 1977). «Habría que saber», decía, «lo que está pasando actualmente en el terreno de los libros. Vivimos desde hace algunos años un periodo de reacción en todos los dominios. No hay ninguna razón para que no afecte también a los libros. Estamos a punto de fabricarnos un espacio literario, lo mismo que un espacio jurídico, un espacio económico, político, completamente reaccionarios, prefabricados y agobiantes. Yo creo que hay ahí una empresa sistemática que Libération tendría que haber analizado». Esto es «mucho peor que una censura», añadía, pero «este periodo de esterilidad no durará eternamente». Tal vez, tal vez. Como Nietzsche y como Artaud, como Blanchot, otras admiraciones compartidas, Deleuze no perdió nunca de vista esa alianza de la necesidad con lo aleatorio, con el caos y lo intempestivo. Cuando escribí sobre Marx hace tres años, en el peor momento, me tranquilicé un poco al saber que él pensaba hacerlo también. Y voy a releer esta tarde lo que él decía en 1990 a este respecto:
Felix Guattari y yo hemos seguido siendo marxistas, de dos maneras diferentes, tal vez, pero los dos. Porque no creemos en una filosofía política que no esté centrada en el análisis del capitalismo y de su evolución. Lo que más nos interesa de Marx es el análisis del capitalismo como sistema inmanente que no cesa de rechazar sus propios límites, y que se los vuelve a encontrar siempre a una escala más grande, porque el límite es el Capital mismo.


Continuaré o recomenzaré a leer a Gilles Deleuze para aprender, y tendré que errar solo en esa larga entrevista que debíamos haber hecho juntos. Mi primera pregunta, creo, habría tratado de Artaud, de su interpretación del «cuerpo sin órganos», y de esa palabra, «inmanencia», a la que siempre recurrió, para hacerle decir o para dejarle decir algo que todavía sigue secreto para nosotros. Y habría intentado decirle por qué su pensamiento no me ha abandonado nunca desde hace casi cuarenta años. ¿Cómo podré hacerlo ahora?

Cartas a Guattari, Klosowsky Foucault

A Félix Guattari
Jueves 16 de julio de 1969

Querido Félix:

Es evidente, pues, que tendríamos que dejar de lado todas las fórmulas de cortesía, pero no las formas de la amistad que permiten que uno pueda decirle al otro: está usted diciendo pavadas, no entiendo, esto no funciona, etc. Decididamente Muyard [psiquiatra de la clínica de La Borde donde trabajaba Guattari, en análisis didáctico con Jacques Lacan, Jean-Pierre Muyard presentó a Deleuze y a Guattari y participó de los primeros intercambios de ideas que llevarían luego a El Antiedipo.] debería participar de esta correspondencia. Y por último no tendríamos que imponernos una regularidad forzada (puede que uno tenga otras cosas que hacer, o que necesite reflexionar o remitirse a un texto y no pueda contestar enseguida).

De lo que usted decía me quedo con esto: las formas de la psicosis no pasan por una triangulación edípica; o no necesariamente de la manera en que se lo suele formular, en todo caso. Me parece que eso es lo esencial. Porque en el asunto que nos ocupa a todos, marxismo y psicoanálisis, o economía analítica o verdadera “metapsicología”, o como quiera llamárselo, ¿por qué ni siquiera somos capaces de plantear el problema? Nos cuesta salir del “familiarismo” del psicoanálisis, del papá-mamá (el texto mío que usted leyó sigue siendo absolutamente deudor de todo eso). De modo que por un lado tenemos el problema familiar y por otro los mecanismos económicos, y pretendemos conectarlos fácilmente con la determinación de la familia burguesa, y antes de que podamos darnos cuenta ya estamos en un camino completamente sin salida (creo que no será difícil demostrar que Reich quedó atrapado en todo esto, y que fue eso lo que le impidió plantear el problema en el momento mismo en que lo descubría). Usted decía que no es seguro que exista esa pirámide “familia> sociedad> dios”. En otras palabras, en tanto pensemos que las estructuras económicas sólo tocan al inconsciente por intermedio de la familia y el Edipo, ni siquiera podremos entender el problema. Pues en ese caso sólo tenemos dos caminos: o bien complejizar el Edipo (e introducir un cuarto, etc.) o bien transformarlo en términos etnográficos. Una vez más, dos caminos sin salida. Toda esta parte crítica, creo que puedo imaginármela, al menos vagamente.

Se trata, pues, de mostrar cómo en la psicosis, por ejemplo, hay mecanismos socioeconómicos que pueden intervenir en crudo en el inconsciente. Eso no quiere decir, evidentemente, que intervengan como tales (como plusvalía, tasa de ganancia) sino algo mucho más complejo que usted abordó en otra ocasión, cuando decía que los locos no se limitan a hacer cosmogonías sino que hacen también economía política, o cuando consideraba con Muyard que hay cierta relación entre una crisis capitalista y una crisis esquizofrénica. Pero justamente allí todo se volvía más vago. ¿Cómo hace un esquizofrénico economía política? No simplemente haciendo un delirio reformista o utópico (como su ingeniero de La Borde); tampoco simplemente interpretando un mecanismo financiero o económico como una locura del mundo (como cuando Nijinsky explica el carácter diabólico de la bolsa); sin duda estos dos puntos son importantes y habrá que analizarlos en detalle, pero son síntomas de algo más profundo, del modo en que las estructuras socioeconómicas intervienen en crudo en el inconsciente psicótico (es allí donde quizás ocuparían un lugar esencial dos ideas suyas que todavía no conozco bien, máquina y antiproducción).

Tampoco quiere decir que la triangulación edípica o alguna estructura de ese tipo no tengan intervención alguna. Pero si he entendido bien, intervendrían más en el plano de las conclusiones que en el de las premisas, a la manera de un “de modo que se trata de tu padre”, “de modo que se trata de tu madre”, como si las posiciones parentales estuvieran determinadas como resultado de mecanismos de otra naturaleza, e incluso como un resultado parcial. Usted parecía ir incluso más lejos y aplicar eso mismo a la muerte, cuando decía que el problema esquizofrénico no era en absoluto un problema inmediato de muerte, sino que la muerte aparecía más bien cuando el esquizofrénico traducía sus mecanismos a un sistema de referencia extrínseco: “de modo que se trata de la muerte...” Lo que está en tela de juicio en todo esto es siempre la familia como mediación inconsciente generalizada, es eso lo que hay que criticar, porque es eso lo que impide plantear el verdadero problema (aun cuando se denuncie a la familia por burguesa).

(...)

Nada de lo que acabo de escribir es definitivo, eso es evidente, no hay nada que no exija múltiples matices y precisiones. Pero no hemos llegado a ese punto. Usted verá si hay algo aprovechable en una correspondencia de este tipo; yo creo que sí. Lo llamaré por teléfono cuando esté en París. No sé bien si esta vez me quedaré en su casa, pero es muy posible que sí, y me hace feliz que me haya confiado las llaves. Le avisaré, en todo caso.
Cordialmente,

GD

A Pierre Klossowski
21/04/1971

Querido amigo:

Ah, llegó la hora, por fin llegó la hora. Había leído su libro enseguida, línea por línea, y luego lo releí. Hay un grupo en Vincennes que está trabajando sobre el artículo sobre Fourier y La moneda viva. Creo que los dos textos representan no un giro sino una nueva figura en su obra, y que su crítica fundamental de la identidad es extraordinaria; ahora usted hace derivar la identidad de Dios y del Yo hasta el objeto fabricado, y hasta las instituciones (en este punto, muchos fragmentos que ya me habían entusiasmado en El círculo vicioso despliegan aquí todas sus consecuencias). Usted introduce el deseo en la infraestructura, o, lo que es lo mismo, al revés, usted introduce la categoría de producción en el deseo. Creo que es algo de una inmensa importancia, pues es 1) la única manera de salir del paralelismo estéril Marx-Freud, Dinero-Excremento, etc., todas esas tonterías; 2) la manera de tener éxito allí donde Reich, pese a su genialidad, fracasó (porque él también se quedó en el plano de una crítica de las ideologías, sin ver el punto de inserción de las pulsiones en la infraestructura).
Una vez más, estoy con usted. (Es preciso que me ponga a trabajar sobre Keynes, pues creo, como usted me sugiere, que descubre una extraña relación entre el deseo y la moneda.) Hay en su trabajo muchas cosas que pueden sacudir el doble inmovilismo marxista psicoanalítico, incluso de hacerlo explotar, lo que sería una alegría. Quisiera que su amistad me disculpara por el tiempo que me tomé en escribirle. Trabajo todo el tiempo en nuestra esquizofrenia con Guattari, y sentirme siempre tan cerca suyo en lo que hago hacía que cada día postergara el momento de comunicarle mi entusiasmo. Y me sentía muy sacudido, Vincennes tiene una vida muy intensa. Felizmente pronto habremos terminado el libro; deberá usted tomarlo por lo que es, una continuación de su trabajo.
La relación entre el texto y las fotos en La monnaie vivante es lo que llamamos “metapsicológica”. Los dos participamos a usted de nuestra admiración, nuestra muy profunda admiración (permítame llamarlo por teléfono pronto, me hará muy feliz verlo).

Gilles Deleuze

A Michel Foucault
(Fines de 1970)

Querido amigo:

Así es como veo yo las cosas: para mí usted es el que, de nuestra generación, está haciendo una obra admirable y verdaderamente nueva. Yo me veo a mí mismo más bien como alguien lleno de “cositas” buenas, pero todavía amenazado por demasiados pedazos que siguen siendo escolares (es algo que quizá se acabe con la esquizofrenia, pero no estoy seguro). Me pasa a menudo que coincido con usted, que pienso algo parecido a lo que piensa usted, que emprendo una tarea análoga, o lo que más suele pasarme es que algo que usted ha escrito, de golpe, me hace avanzar. Y he aquí que escribe usted un texto en el que dice que lo que yo hago le parece admirable: no puedo decirle lo contento que me pone, imagínese. Y lo dice usted tan bien, con esa fuerza y ese estilo suyos, que lo creo. Pocas cosas me han dado tanto placer como leer eso esta mañana (y tengo la impresión de que no es por simple vanidad). Es un texto maravilloso. Tengo a la vez la sensación de que me comprende plenamente y que al mismo tiempo me supera. Es un sueño, pues. Me gusta particularmente: lo que dice usted de la historia de la filosofía como fantasmática, de la contraposición con la fenomenología, las tres teorías del acontecimiento, el funcionamiento del concepto, las páginas sobre Bouvard et Pécuchet, el fragmento tan hermoso sobre las drogas, todo el final sobre el retorno. Pero sobre todo está ese “tono” suyo que le da a todo eso algo extraordinario. Lo llamaré por teléfono hacia el fin de semana, reciba usted toda mi amistad.


GD

CARTA AL SEÑOR KUNIICHI UNO, SOBRE EL LENGUAJE.


Texto de Deleuze publicado en japonés en la revista Gendai Shis? (La revista del pensamiento actual), Tokio, diciembre de 1982, pp. 50-58. Trad, jap., Kuniichi Uno. Se trata de una carta enviada el 25 de octubre de 1982 a Kuniichi Uno, estudiante y traductor de Deleuze.

Querido amigo:

Gracias por tu preciosa y acertada carta. Planteas muchas preguntas y, como siempre, el que las plantea es el único que puede responderlas. Sin embargo, entre nosotros hay confianza suficiente como para que me atreva a decirte cómo veo yo este problema del relato.

En primer lugar, el lenguaje no tiene ninguna autosuficiencia, según me parece. En este sentido, no tiene nada de significante. Está hecho de signos, pero los signos son inseparables de un elemento completamente distinto, no lingüístico, que podría llamarse "los estados de cosas" o, aún mejor, las "imágenes". Como Bergson ha mostrado a la perfección, las imágenes poseen una existencia propia. Lo que yo llamo "dispositivo [agencement] de enunciación" es algo hecho de imágenes y de signos que se mueven o se desplazan por el mundo.

En segundo lugar, la enunciación no remite a un sujeto. No hay sujeto de enunciación sino únicamente dispositivo. Esto quiere decir que, en un mismo dispositivo, hay "procesos de subjetivación" que asignan diversos sujetos, unos como imágenes y otros como signos. Por esto me parece tan importante eso que, en nuestras lenguas europeas, se llama "discurso indirecto libre": es una enunciación perteneciente a un enunciado que depende él mismo de otra enunciación. Por ejemplo: "Ella hace acopio de sus fuerzas, morirá antes que traicionar...". Creo que toda enunciación es de este tipo, está hecha de varias voces. En estos últimos años, se ha hecho de la metáfora una operación coextensiva al lenguaje. Para mí no existen las metáforas. Me gustaría decir que el discurso indirecto libre es la única "figura" y que es él quien es coextensivo al lenguaje. No sé si en japonés existe un discurso indirecto libre (tendrás que hablarme sobre esto). Si no lo hay, probablemente sea porque es una forma tan consustancial al japonés que no es preciso especificarla. Por otra parte, cuanto digo sobre el dispositivo me parece que debe ser evidente para un japonés.

En tercer lugar, la lengua nunca es un sistema homogéneo ni contiene este tipo de sistemas. La lingüística, ya sea la de Jakobson o la de Chomsky, cree en estos sistemas porque no podría existir sin ellos. Una lengua siempre es un sistema heterogéneo o, como dirían los físicos, un sistema alejado del equilibrio. Entre los lingüistas, Labov lo ha expresado con gran potencia, y por ello ha innovado la lingüística.
Y esto es lo que, en todo momento, ha hecho posible la literatura: escribir lejos del equilibrio, escribir en la propia lengua como "en una lengua extranjera" (Proust y el francés, Kafka y el alemán, etcétera).

Todo esto explica por qué actualmente trabajo sobre el cine. El cine es un dispositivo de imágenes y de signos (incluso el cine mudo comporta tipos de enunciación). Me gustaría hacer una clasificación de estas imágenes y de estos signos. Por ejemplo, hay una imagen-movimiento, que se divide en imagen-percepción, imagen-afección e imagen-acción. Y hay otros tipos de imágenes. Y a cada tipo corresponden signos o voces, formas de enunciación. Habría que trazar un inmenso cuadro en el cual cada gran autor tendría sus predilecciones. Y en este momento estoy descubriendo, maravillado, el cine japonés.



Tu amigo

¿Qué es el acto de creación?

Conferencia dictada por Gilles Deleuze en la cátedra de los martes de la fundación FEMIS. (Escuela Superior de Oficios de Imagen y Sonido) el 15 de mayo de 1987.

También yo quisiera hacer preguntas. Y hacérselas a ustedes y a mí mismo. Estas preguntas serían del género: ¿qué es exactamente lo que hacen cuando hacen cine? Y yo, ¿qué es exactamente lo que hago cuando hago, o espero hacer filosofía?

¿Es que hay algo para decirse en función de esto?
Entonces, claro, eso va muy mal en ustedes, pero va también muy mal en mí (risas), y no es solamente esto lo que habría para decirse… también yo podría hacer la pregunta de otra manera: ¿qué es tener una idea en cine? Si uno hace cine o si quiere hacerlo ¿qué es tener una idea? Quizás eso que uno dice "¡Ahí está, tengo un idea!" Mientras que casi todo el mundo sabe que bien que tener una idea es un acontecimiento raro, que ocurre raramente, que tener una idea es una especie de fiesta. Pero no es corriente. Y por otro lado, tener una idea, no es algo general. Una idea está ya en tal autor, en tal dominio. Quiero decir que una idea, es ya una idea en pintura, es ya una idea en novela, ya una idea en filosofía, como una idea en ciencia. Y evidentemente no es lo mismo.
Si quieren, a las ideas hay que tratarlas como espacios potenciales, las ideas son potenciales, pero potenciales ya comprometidos y ligados en un modo de expresión determinado. Y es inseparable del modo de expresión determinado. Es inseparable del modo de expresión, así como no puedo decir: "tengo una idea en general". En función de las técnicas que conozco, puedo tener una idea en un determinado campo, una idea en cine o en bien distinto, una idea en filosofía.

¿Qué es tener una idea en algo?
Vuelvo a hablar del hecho de que yo hago filosofía y ustedes hacen cine. Entonces sería muy fácil decir: todo el mundo sabe que la filosofía está próxima, lista, para reflexionar sobre cualquier cosa. Entonces ¿por qué no reflexionaría sobre el cine? Sin embargo, es una idea indigna; la filosofía no está hecha para reflexionar sobre cualquier cosa. Quiero decir: tratando la filosofía como un poder para "reflexionar sobre", siento que se le asigna mucho, y de hecho siento también que se le quita todo. Es decir los únicos capaces efectivamente de reflexionar sobre cine, son los cineastas, o los críticos de cine o los que aman el cine. Le idea de que los matemáticos tendrían la necesidad de la filosofía para reflexionar sobre matemática es una idea cómica. Si la filosofía debiera reflexionar sobre cualquier cosa, no tendría razón de existir. Si la filosofía existe, es porque tiene su propio contenido. Si nos preguntamos: ¿cuál es el contenido de la filosofía? Es muy simple. La respuesta es que la filosofía es también una disciplina creatriz, tan inventiva como cualquier otra disciplina. La filosofía es una disciplina que consiste en crear conceptos. Y los conceptos no existen ya hechos, no existen en una especie de cielo en donde esperan que un filósofo los tome. Los conceptos, es necesario fabricarlos...y no se fabrican así como así, uno no se dice un día: "bueno, voy a hacer tal concepto, voy a inventar tal concepto" como tampoco un pintor se dice un día: "bueno, voy a hacer tal cuadro". Es imprescindible que exista una necesidad. Esto es tanto en filosofía como en otras disciplinas, así como el cineasta no se dice: "bueno, voy a hacer tal película".

Tiene que haber una necesidad, si no, no hay nada.
Resta que esta necesidad que es una cosa muy compleja, si existe, haga que un filósofo (yo al menos sé de qué se ocupa) no se ocupe de reflexionar sobre el cine. Él se propone inventar conceptos. Yo digo que hago filosofía, es decir, yo intento inventar conceptos. No trato de reflexionar sobre otras cosas. Si yo les pregunto a ustedes que hacen cine ¿qué hacen? (tomo una definición pueril, permítamela, deben existir otras y mejores), yo diría exactamente lo que ustedes inventan, que no son conceptos, porque no es su dominio, que ustedes inventan es lo que podríamos llamar bloques de movimiento-duración. Si uno fabrica bloques de movimiento-duración, quizás lo que uno hace es cine.
Remarco, no se trata de invocar a una historia o de negarla. Todo tiene una historia. La filosofía también cuenta historias. Cuenta historias con conceptos.
El cine supongamos que cuenta historias con bloques de movimiento-duración. Puedo decir que la pintura también inventa con otro tipo de bloques, ni bloques de conceptos, no bloques de movimiento-duración, pero supongamos que sean bloques de líneas-colores. La música inventa con otros tipos de bloque, muy particular.
Pero lo que digo en todo caso, es que la ciencia no es menos creatriz. Yo no veo realmente oposición entre las ciencias, las artes y todo. Si le pregunto a un sabio científico: ¿qué es lo que hace? También, él inventa, no descubre, el descubrimiento existe, pero no es por él que podamos definir una actualidad científica como tal. Un científico, inventó, creó tanto como un artista.
Para permanecer en definiciones tan someras como las de las que partí, no es complicado, un científico es alguien que ha creado o inventado funciones. Él no crea conceptos, un científico como tal, no tiene nada que ver con los conceptos, y es por eso que felizmente existe la filosofía. Contrariamente hay algo que solamente un científico puede hacer, crear e inventar funciones.
¿Entonces qué es una función? También podríamos describirla sencillamente como he intentado hasta ahora, (ya que estamos verdaderamente rudimentarios...) no porque ustedes no comprenderían, sino porque sería yo el que se vería sobrepasado.
Voy a ir a lo más simple: la función de lo que se ha puesto en correspondencia regida por dos conjuntos al menos. La noción de base de la ciencia después de mucho tiempo es la de los conjuntos y un conjunto es completamente diferente a un concepto. Y desde que se ponen en correlación regida juntos, se obtienen funciones, y se puede decir, yo hago ciencia.
Y si no importa quién puede hablarle a quién, si un cineasta puede hablarle a un hombre de ciencia, si un hombre de ciencia puede tener alguna cosas que decir a un filósofo y viceversa, es en la medida y en función de la actividad creatriz de cada uno, no es que haya lugar para hablar de la creación, la creación es algo solitario, pero es el nombre de mi creación que yo tengo algo que decir a alguien y si yo alineo ahora todas esas disciplinas que se definen por su actividad creadora, diré que hay un límite que les es común a todas esas series, a todas esas series de invención de funciones, de bloques movimiento-duración, invenciones de conceptos, etc. La serie que les es común a todas o ¿el límite de todo esto qué es?

Es el espacio-tiempo.
Bresson es muy conocido. Raramente hay espacios enteros en Bresson. Son espacios que llamamos desconectados. Quiere decir, hay un rincón, por ejemplo, el rincón de una celda, después se verá otro rincón o bien un lugar de la pared, etc. Todo pasa como si el espacio bresoniano se presentara como una serie de pequeños trozos, en los que la conexión no está predeterminada. Serie de pequeños fragmentos en los que la conexión no está predeterminada. Hay grandes cineastas que emplean, por el contrario, espacios conjuntos o de conjuntos; no digo que esto sea más fácil de manipular, pero Bresson ha sido uno de los primeros en hacer un espacio con pequeños fragmentos desconectados, pequeños trozos en lo que la conexión no está predeterminada.
Cuando decía que en límite de todas las tentativas de la creación hay espacio-tiempo, es allí que los bloques duración-movimiento de Bresson van a tender hacia ese tipo de espacio. La respuesta está dada. Estos pequeños fragmentos visuales de espacio cuya conexión no está dada de antemano... ¿por qué querrían ustedes que estén conectados? En y a causa de la mano (en este momento Deleuze muestra su mano) y no es teoría, no es filosofía, no lo es, esto no se deduce así. Digo: el tipo de espacios en Bresson y la valorización cinematográfica de la mano en la imagen están misteriosamente ligados. Quiero decir: el enlace bresoniano de las pequeñas puntas de espacios, desde el hecho mismo de que son puntas, trozos desconectados de espacio, no puede ser más que un enlace manual. No hay más que la mano que puede efectivamente operar las conexiones de una parte a otra del espacio. Y Bresson es sin duda el más grande cineasta en haber introducido en el cine los valores táctiles, no simplemente porque él sabe tomar admirablemente las manos en imágenes, sino porque si sabe tomar admirablemente las manos en imágenes es porque tiene necesidad de manos.
Un creador no es un ser que trabaja por el placer. Un creador no hace más que aquello de lo que tiene absolutamente necesidad.

Historia del Idiota y de los siete samuráis.
Tener una idea en cine, otra vez, no es lo mismo que tener una idea en otro lado. Y sin embargo, hay ideas en cine que podrían valer también en otras disciplinas. Hay ideas en cine que podrían ser excelentes ideas en novelas, pero no tendrían el mismo "allure". Después, hay ideas en cine que no podrían ser más que cinematográficas. Ya están comprometidas en un proceso cinematográfico que hacen que sean vistas desde antes. Y esto que digo cuenta bastante, porque es una manera de hacer una pregunta que me interesa mucho: ¿qué es lo que hace que un cineasta tenga verdaderamente ganas de adaptar, por ejemplo, una novela? Si tiene deseos de adaptar una novela, me parece evidente que es porque tiene ideas en cine que le resuenan con aquello que la novela presenta como ideas en novela. Y a veces se producen grandes encuentros.
Es muy diferente, no pongo el problema del cineasta que adapta una novela notoriamente mediocre. Puede haber necesidad de una novela mediocre, y esto no excluye que el film sea genial. Propongo la cuestión un poco diferente, sería una pregunta interesante de tratar, pero propongo otra algo diferente, que se produce mientras que la novela es una gran novela y revela esa especie de afinidad en la que alguien, tiene en cine una idea que se corresponde a la que es la idea en novela. Uno de los casos más bellos, es el caso de Kurosawa. ¿Por qué Kurosawa se encuentra en una familiaridad con Shakespeare y Dostoievski? Tengo que decirles una respuesta que es entre muchas y que casi roza la filosofía y que es mi respuesta, es un pequeño detalle. En los personajes de Dostoievski pasa algo muy particular, muy seguido. Generalmente están muy agitados. Un personaje se va, baja a la calle, y así como así, se dice "la mujer que amo, Taña, me llama, allí voy, corro, corro, Taña va a morir si no voy". Y baja su escalera y se encuentra con un amigo, o bien ve a un perro y se olvida completamente de que Taña lo espera en tren de morir. Comienza a charlar, se cruza con otro amigo y va a tomar el té con él y luego de golpe dice: "Taña me espera, tengo que ir" (risas). ¿Qué quiere decir esto? En Dostoievski los personajes son perpetuamente tomados por urgencias y al mismo tiempo que son tomados por estas urgencias de vida o muerte, saben que hay una cuestión más urgente, no saben cuál y es esto lo que los detiene. Todo pasa como si en la peor de las urgencias hubiera un fuego, es necesario que me vaya, pero no, no, hay otras cosas más urgentes y no me detendré hasta que no sepa cuáles. Esto es el Idiota, es la fórmula del idiota. Pero ustedes saben que hay un problema más profundo. ¿Qué problema? Todavía no lo veo bien, pero déjenme, todo puede quemarse, hay que encontrar cuál es el problema más urgente. Esto es por Dostoievski que Kurosawa lo aprende, todos los personajes de Kurosawa son así. Yo diría: ¡voila un encuentro! Un bello encuentro. Si Kurosawa puede adaptar Dostoievski, es al menos porque puede decir: tengo un asunto común a él, tengo un problema común, este problema. Los personajes de Kurosawa están exactamente en la misma situación, están tomados en situaciones imposibles. Pero atención, hay un problema más urgente, ¿es necesario que yo conozca este problema?
Quizá "Vivir" es uno de los films de Kurosawa que va más lejos en este sentido, aunque todos van en este sentido.
Los Siete samuráis: este film me sorprende mucho porque todo el espacio de Kurosawa depende de eso. Es forzado que sea una especie de espacio oval que es golpeado por la lluvia, en fin poco importa, esto nos tomaría mucho tiempo.
Pero en los Siete Samuráis los personajes están tomados en situación de urgencia, han aceptado defender al pueblo, y de una punta a la otra están trabajando por una pregunta más profunda. Hay una cuestión más profunda a través de todo eso. Y será dicha al final por el jefe de los samuráis cuando ellos se van: ¿qué es un samurái? Qué es un samurái, no en general, sino qué es un samurái en la época en la que transcurre el film. A saber: alguien que no es bueno para nada. Los señores no los necesitan, los paisanos pueden defenderse solos. Y durante todo el film, a pesar de la urgencia de la situación, los samuráis están frecuentados por esta cuestión digna del Idiota, que es una pregunta del Idiota: nosotros samuráis, ¿qué somos? Voila, yo diría que una idea en cine es algo de este tipo. Ustedes me dirán no, porque era también una idea en novela. Una idea en cine, es así, una vez que ya está comprometida en un proceso cinematográfico. Entonces ustedes podrían decir, yo tuve "la idea", aún si usted de la asigna a Dostoievski. Puede ser, vuelvo a citar muy rápido, yo creo que una idea es muy simple. Otra vez, no es un concepto, no es filosofía. Un concepto es otra cosa, de toda idea quizás podamos sacar un concepto, pero yo pienso en Minelli. Éste tiene, me parece, una idea extraordinaria sobre el sueño. Es muy simple y está comprometida con todo el proceso cinematográfico, que es la obra de Minelli y su gran idea sobre el sueño, me parece es que el sueño concierne antes que nada a los que no sueñan, el sueño de los que sueñan les concierne a los que no sueñan... ¿y por qué? Porque desde que existe el sueño del otro, existe el peligro. A saber, que el sueño de la gente es siempre un sueño devorante que amenaza con tragarnos. Y que los otros sueñen es peligroso, y que el sueño es una terrible voluntad de poder y que cada uno de nosotros es más o menos víctima del sueño de los otros, aún cuando sueña con la más graciosa joven, aún cuando es una joven muy grácil, es una terrible devoradora, no a causa de su alma, sino por sus sueños. Desconfíen del sueño de los otros, porque si son tomados en sus sueños, están perdidos.

Cadáver
Ahora voy a hablar de otro ejemplo, idea propiamente cinematográfica, de la famosa disociación ver-hablar en un cine relativamente reciente. Tomo los ejemplos más conocidos, ¿qué hay de común en Syberberg, Straub y Duras? ¿Por qué es propiamente cinematográfico hacer una disociación entre los visual y lo sonoro, por qué esto no puede hacerse en el teatro? Puede hacerse pero al menos que el teatro tenga los medios necesarios diríamos que el teatro lo toma del cine. Bueno, está mal pero es una idea muy cinematográfica, asegurar la disociación del ver y del hablar. De lo visual y de los sonoro. Esto respondería a la pregunta (por ejemplo) ¿qué es tener una idea cinematográfica? Y todo el mundo sabe en qué consiste, lo digo de manera pura: una voz alba de algo, al mismo tiempo, se nos hace ver otra cosa y, en fin, lo que se dice está debajo de los que se nos hace ver. Esto es muy importante, este tercer punto. Ustedes saben bien que esto el teatro no puede hacerlo. El teatro podría asumir las dos primeras oposiciones. Se nos habla de algo y se nos hace ver otra cosa. Pero no que aquello que se dice esté por debajo de los que se nos hace ver – y esto es necesario, si no las dos primeras operaciones no tendrían ningún sentido, no tendrían casi interés – la palabra se eleva en el aire, al mismo tiempo que la tierra que se ve, se hunde cada vez más.
¿Qué es esto? Si sólo el cine puede hacerlo, yo no digo que deba hacerlo, que lo haya hecho dos o tres veces, puedo decir simplemente, fueron grandes cineastas los que tuvieron esta idea. No se trata de decir es esto o es lo otro lo que debe hacerse. Hay que tener ideas, sean las que fueren. ¡Ah! Esto es una idea cinematográfica, digo que es prodigioso, porque asegura al nivel del cine una verdadera transformación de los elementos. Un ciclo de grandes elementos que hace que, de golpe, el cien haga un fuerte eco con, por ejemplo, una física cualitativa de los elementos. Esto hace una especie de transformación, el aire de la tierra t el agua y el fuego, porque habría que agregar, pero no hay tiempo, evidentemente, se descubre el rol de dos otros elementos, una gran articulación, de elementos en el cine. Además, en todo lo que digo no se suprime una historia, la historia está siempre allí, pero lo que nos interesa es ¿por qué la historia es tan interesante? Porque está todo esto otro por detrás.
Es todo este ciclo, la voz que se eleva al mismo tiempo que aquello de lo que se habla se entierra, ustedes habrán reconocido los films de Straub, y en Straub, está el gran ciclo de los elementos. Lo que se ve únicamente la tierra desierta. Ella es como pesada para todo lo que esta debajo y ustedes me dirán "pero ¿Qué hay abajo, qué es lo que sabemos?" Es exactamente aquello de lo que la voz nos habla, es como si la tierra se hamacara en eso que la voz dice y que viene a tomar lugar en la tierra, en su hora y en su lugar. Y si la tierra y la voz nos hablan de cadáveres, es toda la fila de cadáveres la que viene a tomar lugar bajo la tierra, y allí, en ese momento, el menor estremecimiento del viento sobre la tierra desierta, sobre el espacio vacío que tenemos a nuestros ojos, el menor crujido en esa tierra, todo toma sentido.

¿Qué es el acto de creación?
Bien, tener una idea no es del orden de la comunicación. Y es aquí a donde quería llegar, porque esto forma parte de las preguntas que me han sido gentilmente propuestas.
Quiero decir, en qué punto todo esto sobre lo que hablamos es irreductible a toda comunicación. No es grave. Esto, ¿qué quiere decir? Me parece que esto quiere decir, en un primer sentido, que la comunicación es la propagación y la transmisión de una información. ¿Y qué es una información? Una información es un conjunto de palabras de orden. Cuando se les informa, se les dice aquello que ustedes deben creer. En otros términos: informar es hacer circular una palabra de orden. Las declaraciones de la policía son dichas muy exactamente, son comunicadas; se nos comunica la información, quiero decir, se nos dice aquello que es conveniente que creamos. O si no que creamos, pero que hagamos que lo creemos, no se nos pide que creamos, se nos pide que nos comportemos como si creyéramos. Esto es la información, la comunicación, e independientemente de estas palabras de orden y de la transmisión de las palabras de orden no hay comunicación, no hay información. Lo que no lleva a decir que la información es exactamente el sistema de control.
Esto nos concierne hoy particularmente porque hoy entramos en una sociedad que podemos llamar de control. Esta sociedad de control se define de manera muy distinta a la sociedad de disciplina vean de que manera un control no es una disciplina. Diré por ejemplo, en una autopista, que allí no se encierra a la gente, pero haciendo autopistas se multiplican los medios de control. Nuestro futuro son las sociedades de control siendo sociedades disciplinarias.
¿Por qué les cuento esto? Porque la información es el sistema controlado de las palabras de orden, palabras de orden que tienen lugar en una sociedad dada.
¿Qué puede tener que ver el arte con esto? ¿Qué es la obra de arte? Ustedes me dirán: "todo esto no quiere decir nada". Entonces no hablamos de la obra de arte, hablemos sobre que hay en la contra-información. Ninguna contra-información le ganó jamás a una dictadura, por ejemplo. Salvo en un caso. Esta deviene efectivamente eficaz cuando ella es –y lo es por naturaleza- un acto de resistencia. El acto de resistencia no es ni información, ni contra-información. La contra-información no es efectiva más que cuando se vuelve acto de resistencia.

Malraux
¿Cuál es la relación entre obra de arte y la comunicación? Ninguna.
Ninguna, la obra de arte no es un instrumento de comunicación, porque no contiene la mínima parte de información. Por el contrario, hay una afinidad fundamental entre la obra de arte y el acto de resistencia. Entonces aquí sí, la obra tiene algo que hacer con la información y la comunicación, sí, a titulo de resistencia.
El arte es la única cosa que resiste a la muerte.
Y si me permiten volver: ¿Qué es tener una buena idea en cine? O ¿Qué es tener una idea cinematográfica? Resistencia. Acto de resistencia. Desde Moisés, hasta el último Kafka, hasta Bach. Recuerden que la música de Bach, es su acto de resistencia. ¿Contra qué? No es el acto de resistencia abstracto, es acto de resistencia y de lucha activa contra la repartición de lo sagrado y lo profano. Y este acto de resistencia en la música culmina con un grito. Como también hay un grito en Woyzek, hay un grito en Bach: "Afuera, afuera, no quiero verlos". Eso es el acto de resistencia. A partir de esto me parece que el acto de resistencia tiene dos caras: es humano y es también acto de arte.
Solo el acto de resistencia resiste a la muerte, sea bajo la forma de obra de arte, sea bajo la forma de una lucha de los hombres.
Y ¿Qué relación hay entre la lucha de los hombres y la obra de arte?
La relación más estrecha y para mí la más misteriosa.
Exactamente eso que quería decir Paul Klee cuando decía: "ustedes saben, falta el pueblo". El pueblo falta y al mismo tiempo no falta. El pueblo falta, esto quiere decir que (no es claro y no lo será nunca) esta afinidad fundamental entre la obra de arte y un pueblo que todavía no existe, no es ni será clara jamás. No hay obra de arte que no haga un llamado a un pueblo que no existe todavía.
En fin, ahora está muy bien, estoy profundamente feliz de que me hayan escuchado y les agradezco infinitamente.

Gilles Deleuze – 1987