viernes, septiembre 09, 2011

"Del Caos al Cerebro"- Deleuze-Guattari - de su libro "¿Qué es la filosofía?"


"Del Caos al Cerebro"- Deleuze-Guattari - de su libro "¿Qué es la filosofía?"

Sólo pedimos un poco de orden para protegernos del caos. No hay cosa que resulte más dolorosa, más angustiante, que un pensamiento que se escapa de sí mismo, que las ideas que huyen, que desaparecen apenas esbozadas, roídas ya por el olvido o precipitadas en otras ideas que tampoco dominamos. Son variabilidades infinitas cuyas desaparición y aparición coinciden. Son velocidades infinitas que se confunden con la inmovilidad de la nada incolora y silenciosa que recorren, sin naturaleza ni pensamiento. Es el instante del que no sabemos si es demasiado largo o demasiado corto para el tiempo. Recibimos latigazos que restallan como arterias. Incesantemente extraviamos nuestras ideas. Por este motivo nos empeñamos tanto en agarrarnos a opiniones establecidas. Sólo pedimos que nuestras ideas se concatenen de acuerdo con un mínimo de reglas constantes, y jamás la asociación de ideas ha tenido otro sentido, facilitarnos estas reglas protectoras, similitud, contigüidad, causalidad, que nos permiten poner un poco de orden en las ideas, pasar de una a otra de acuerdo con un orden del espacio y del tiempo, que impida a nuestra "fantasía" (el delirio, la locura) recorrer el universo en un instante para engendrar de él caballos alados y dragones de fuego.

Pero no existiría un poco de orden en las ideas si no hubiera también en las cosas o estado de cosas un anticaos objetivo: "Si el cinabrio fuera ora rojo, ora negro, ora ligero, ora pesado..., mi imaginación no encontraría la ocasión de recibir en el pensamiento el pesado cinabrio con la representación del color rojo". Y por último, cuando se produce el encuentro de las cosas y el pensamiento, es necesario que la sensación se reproduzca como la garantía o el testimonio de su acuerdo, la sensación de pesadez cada vez que sopesamos el cinabrio, la de rojo cada vez que lo contemplamos, con nuestros órganos del cuerpo que no perciben el presente sin imponerle la conformidad con el pasado. Todo esto es lo que pedimos para forjarnos una opinión, como una especie de "paraguas" que nos proteja del caos.De todo esto se componen nuestras opiniones. Pero el arte, la ciencia, la filosofía exigen algo más: trazan planos en el caos. Estas tres disciplinas no son como las religiones que invocan dinastías de dioses, o la epifanía de un único dios para pintar sobre el paraguas un firmamento, como las figuras de una Urdoxa, de la que derivarían nuestras opiniones. La filosofía, la ciencia y el arte quieren que desgarremos el firmamento y que nos sumerjamos en el caos. Sólo a este precio lo venceremos. Y tres veces vencedor crucé el Aqueronte. El filósofo, el científico, el artista parecen regresar del país de los muertos.

Lo que el filósofo trae del caos son unas variaciones que permanecen infinitas, pero convertidas en inseparables, en unas superficies o en unos volúmenes absolutos que trazan un plano de inmanencia secante: ya no se trata de asociaciones de ideas diferenciadas, sino de reconcatenaciones por zona de indistinción en un concepto. El científico trae del caos unas variables convertidas en independientes por desaceleración, es decir por eliminación de las demás variabilidades cualesquiera susceptibles de interferir, de tal modo que las variables conservadas entran bajo unas relaciones determinables en una función: ya no se trata de lazos de propiedades en las cosas, sino de coordenadas finitas en un plano secante de referencia que va de las probabilidades locales a una cosmogonía global. El artista trae del caos unas variedades que ya no constituyen una reproducción de lo sensible en el órgano sino que erigen un ser de los sensible, un ser de la sensación, en un plano de composición anorgánica capaz de volver a dar lo infinito.

La lucha con el caos que Cézanne y Klee han mostrado en acción en la pintura, en el corazón de la pintura, vuelve a surgir de otra manera en la ciencia, en la filosofía: siempre se trata de vencer el caos mediante un plano secante que lo atraviesa. El pintor pasa por una catástrofe, o por un arrebol, y deja sobre el lienzo el rastro de este paso, como el del salto que le lleva del caos a la composición. Las propias ecuaciones matemáticas no gozan de una certidumbre apacible que sería como la sanción de una opinión científica dominante, sino que salen de un abismo que hace que el matemático "salte a pies juntillas sobre los cálculos", prevea otros que no puede efectuar y no alcance la verdad sin "darse golpes a uno y otro lado".

El pensamiento filosófico no reúne sus conceptos dentro de la amistad sin estar también atravesado por una fisura que los reconduce al odio o los dispersa en el caos existente, donde hay que recuperarlos, buscarlos, dar un salto. Es como si se echara una red, pero el pescador siempre corre el riesgo de verse arrastrado y encontrarse en mar abierto cuando pensaba llegar a puerto. Las tres disciplinas proceden por crisis o sacudidas, de manera diferente, y la sucesión es lo que permite hablar de "progresos" en cada caso. Diríase que la lucha contra el caos no puede darse sin afinidad con el enemigo, porque hay otra lucha que se desarrolla y adquiere mayor importancia, contra la opinión que pretendía no obstante protegernos del propio caos.En un texto violentamente poético, Lawrence describe lo que hace la poesía: los hombres incesantemente se fabrican un paraguas que les resguarda, en cuya parte inferior trazan un firmamento y escriben sus convenciones, sus opiniones; pero el poeta, el artista, practica un corte en el paraguas, rasga el propio firmamento, para dar entrada a un poco del caos libre y ventoso y para enmarcar en una luz repentina una visión que surge a través de la rasgadura, primavera de Wordsworth o manzana de Cézanne, silueta de Macbeth o de Acab. Entonces aparece la multitud de imitadores que restaura el paraguas con un paño que vagamente se parece a la visión y la multitud de glosadores que remiendan la hendidura con opiniones: comunicación. Siempre harán falta otros artistas para hacer otras rasgaduras, llevar a cabo las destrucciones necesarias, quizá cada vez mayores, y volver a dar así a sus antecesores la incomunicable novedad que ya no se sabía ver. Lo que significa que el artista se pelea menos contra el caos (al que llama con todas sus fuerzas, en cierto modo) que contra los "tópicos" de la opinión. El pintor no pinta sobre una tela virgen, ni el escritor escribe sobre una página en blanco, sino que la página o la tela están ya cubiertas de tópicos preexistentes, preestablecidos, que hay primero que tachar, limpiar, laminar, incluso desmenuzar para hacer que pase una corriente de aire surgida del caos que nos aporte la visión. Cuando Fontana corta el lienzo coloreado de un navajazo, no es el color lo que hiende de este modo, al contrario, nos hace ver el color liso del color puro a través de la hendidura.

El arte efectivamente lucha con el caos, pero para hacer que surja una visión que lo ilumine un instante, una Sensación. Hasta las casas...: las casas tambaleantes de Soutine salen del caos, tropezando a uno y otro lado, impidiéndose mutuamente que se desmoronen de nuevo; y la casa de Monet surge como una hendidura a través de la cual el caos se vuelve la visión de las rosas. Hasta el encarnado más delicado se abre en el caos, como la carne en el despellejado. Una obra de caos no es ciertamente mejor que una obra de opinión, el arte se compone tan poco de caos como de opinión; pero si se pelea contra el caos, es para arrebatarle las armas que vuelve contra la opinión, para vencerla mejor con unas armas de eficacia comprobada. Incluso porque el cuadro está en primer lugar cubierto de tópicos, el pintor tiene que afrontar el caos y acelerar las destrucciones para producir una sensación que desafíe cualquier opinión, cualquier tópico (¿durante cuánto tiempo?). El arte no es el caos, sino una composición del caos que da la visión o sensación, de tal modo que constituye un caosmos, como dice Joyce, un caos compuesto -y no previsto ni preconcebido-. El arte transforma la variabilidad caótica en variedad caoidea, por ejemplo el arrebol gris-negro y verde de El Greco; el arrebol dorado de Turner o el arrebol rojo de Staël. El arte lucha con el caos, pero para hacerlo sensible, incluso a través del personaje más encantador, el paisaje más encantado (Watteau).

Un movimiento similar, sinuoso, serpentino, anima tal vez la ciencia. Una lucha contra el caos parece pertenecerle esencialmente cuando hace pasar la variabilidad desacelerada bajo unas constantes o unos límites, cuando la relaciona de este modo con unos centros de equilibrio, cuando la somete a una selección que sólo conserva un número pequeño de variables independientes en unos ejes de coordenadas, cuando instaura entre estas variables unas relaciones cuyo estado futuro puede determinarse a partir del presente (cálculo determinista), o por el contrario cuando hace intervenir tantas variables a la vez que el estado de cosas es únicamente estadístico (cálculo de probabilidades). Se hablará en este sentido de una opinión propiamente científica conquistada sobre el caos como de una comunicación definida ora por unas informaciones iniciales, ora por unas informaciones a gran escala, y que va las más de las veces de lo elemental a lo compuesto, o bien del presente al futuro, o bien de lo molecular a lo molar. Pero, en este caso también, la ciencia no puede evitar experimentar una profunda atracción hacia el caos al que combate. Si la desaceleración es el fino ribete que nos separa del caos oceánico, la ciencia se aproxima todo lo que puede a las olas más cercanas, estableciendo unas relaciones que se conservan con la aparición y desaparición de las variables (cálculo diferencial); la diferencia se va haciendo cada vez más pequeña entre el estado caótico en el que la aparición y la desaparición de una variabilidad se confunden, y el estado semicaótico que presenta una relación como el límite de las variables que aparecen o desaparecen. Como dice Michel Serres a propósito de Leibniz, "existirían dos infraconscientes: uno, el más profundo, estaría estructurado como un conjunto cualquiera, mera multiplicidad o posibilidad en general, mezcla aleatoria de signos; el otro, el menos profundo, estaría recubierto de esquemas combinatorios de esta multiplicidad...". Cabría concebir una serie de coordenadas o de espacios de fases como una sucesión de tamices, de los que el anterior sería cada vez relativamente un estado caótico y el siguiente un estado caoideo, de tal modo que se pasaría por unos umbrales caóticos en vez de ir de lo elemental a lo compuesto. La opinión nos presenta una ciencia que anhelaría la unidad, la unificación de sus leyes, y que hoy en día seguiría aún buscando una comunidad de las cuatro fuerzas. Todavía es más obstinado, sin embargo, el anhelo de captar un pedazo de caos aun cuando las fuerzas más diversas se agiten en él. La ciencia daría toda la unidad racional ala que aspira a cambio de un trocito de caos que pudiera explorar.

El arte toma un trozo de caos en un marco, para formar un caos compuesto que se vuelve sensible, o del que extrae una sensación caoidea como variedad; pero la ciencia toma uno en un sistema de coordenadas y forma un caos referido que se vuelve Naturaleza, y del que extrae una función aleatoria y unas variables caoideas. De este modo uno de los aspectos más importantes de la física matemática moderna surge en unas transiciones hacia el caos bajo los efectos de los atractores "extraños" o caóticos: dos trayectorias contiguas en un sistema determinado de coordenadas no permanecen así, y divergen de forma exponencial antes de aproximarse mediante operaciones de estiramiento y de repliegue que se repiten, y que seccionan el caos. Si los atractores de equilibrio (puntos fijos, ciclos límites, toros) expresan en efecto la lucha de la ciencia con el caos, los atractores extraños develan su profunda atracción por el caos, así como la constitución de un caosmos interior a la ciencia moderna (cosas todas ellas que de un modo u otro se detectaban en los períodos anteriores, especialmente en la fascinación por las turbulencias). Nos encontramos pues ante una conclusión análoga a aquella a la que nos llevaba el arte: la lucha con el caos no es más que el instrumento de una lucha más profunda contra la opinión, pues de la opinión procede la desgracia de los hombres. La ciencia se vuelve contra la opinión que le confiere un sabor religioso de unidad o de unificación. Pero también se revuelve en sí misma contra la opinión propiamente científica en tanto que Urdoxa que consiste ora en la previsión determinista (el Dios de Laplace), ora en la evaluación probabilitaria (el demonio de Maxwell): desvinculándose de las informaciones iniciales y de las informaciones a gran escala, la ciencia sustituye la comunicación por unas condiciones de creatividad definidas a través de los efectos singulares de las fluctuaciones mínimas. Lo que es creación son las variedades estéticas o las variables científicas que surgen en un plano capaz de seccionar la variabilidad caótica. En cuanto alas seudociencias que pretenden considerar los fenómenos de opinión, los cerebros artificiales que utilizan conservan como modelos unos procesos probabilitarios, unos atractores estables, toda una lógica de la recognición de las formas, pero tienen que alcanzar estados caoideos y atractores caóticos para comprender a la vez la lucha del pensamiento contra la opinión y la degeneración del pensamiento en la propia opinión (una de las vías de evolución de los ordenadores va en el sentido de asumir un sistema caótico o caotizante).Esto lo confirma el tercer caso, ya no la variedad sensible ni la variable funcional, sino la variación conceptual tal y como se presenta en filosofía. La filosofía a su vez lucha con el caos como abismo indiferenciado u océano de la disimilitud.

No hay que concluir por ello que la filosofía se aliena junto a la opinión, ni que ésta pueda sustituirla. Un concepto no es un conjunto de ideas asociadas como una opinión. Tampoco es un orden de razones, una serie de razones ordenadas que podrían, llegado el caso, constituir una especie de Urdoxa racionalizada. Para alcanzar el concepto, ni tan sólo basta con que los fenómenos se sometan a unos principios análogos a los que asocian las ideas, o las cosas, a los principios que ordenan las razones. Como dice Michaux, lo que es suficiente para las "ideas corrientes" no lo es para las "ideas vitales", las que hay que crear. Las ideas sólo son asociables como imágenes y sólo son ordenables como abstracciones; para llegar al concepto, tenemos que superar ambas cosas, y que llegar lo más rápidamente posible a objetos mentales determinables como seres reales. Era ya lo que mostraban Spinozza o Fichte: Tenemos que utilizar ficciones y abstracciones, pero sólo en cuanto sea necesario para acceder a un plano en el que iríamos de ser real en ser real y procederíamos mediante construcción de conceptos. Hemos visto como podía alcanzarse este resultado en la medida en que unas variaciones se volvían inseparables siguiendo unas zonas de vecindad o de indiscernibilidad: dejan entonces de ser asociables según los caprichos de la imaginación, o discernibles y ordenables según las exigencias de la razón, para formar auténticos bloques conceptuales. Un concepto es un conjunto de variaciones inseparables que se produce o se construye en un plano de inmanencia en tanto que éste secciona la variabilidad caótica y le da consistencia (realidad). Por lo tanto un concepto es un estado caoideo por excelencia; remite a un caos que se ha vuelto consistente, que se ha vuelto Pensamiento, caosmos mental. ¿Y qué sería pensar si el pensamiento no se midiera incesantemente con el caos?. La Razón sólo nos muestra su verdadero rostro cuando "truena dentro de su cráter". Hasta el cógito no es más que una opinión una Urdoxa en el mejor de los casos, mientras no se extraigan de él las variaciones inseparables que lo convierten en un concepto, siempre y cuando se renuncie a buscar en él un paraguas o un refugio, se deje de suponer una inmanencia que se haría a sí mismo, para plantearlo él mismo por el contrario en un plano de inmanencia al que pertenece y que le devuelve al mar abierto.

Resumiendo, el caos tiene tres hijas en función del plano que lo secciona: son las Caoideas, el arte, la ciencia y la filosofía, como formas del pensamiento o la creación. Se llaman caoideas las realidades producidas en unos planos que seccionan el caos. La junción (que no la unidad) de los tres planos es el cerebro. Por supuesto, cuando el cerebro es considerado como una función determinada se presenta a la vez como un conjunto complejo de conexiones horizontales y de integraciones verticales que reaccionan unas con otras, como ponen de manifiesto los "mapas" cerebrales. Entonces la pregunta es doble: ¿Las conexiones están preestablecidas, como guiadas por rieles, o se hacen y se deshacen en campos de fuerzas?¿Y los procesos de integración son centros jerárquicos localizados, o más bien formas (Gestalten) que alcanzan sus condiciones de estabilidad en un campo del que depende la posición del propio centro?. La importancia de la teoría de la Gestalt al respecto incide tanto en la teoría del cerebro como en la concepción de la percepción, puesto que se opone directamente al estatuto del cortex tal como se presentaba desde el punto de vista de los reflejos condicionados. Pero, independientemente de las perspectivas consideradas, no resulta difícil mostrar que unos caminos, ya hechos o haciéndose, unos centros mecánicos o dinámicos, se topan con dificultades del mismo tipo. Unos caminos ya hechos que se van siguiendo progresivamente implican un trazado previo, pero unos trayectos que se constituyen en un campo de fuerzas proceden mediante resoluciones de tensión que también actúan progresivamente (por ejemplo la noción de aproximación entre la fóvea y el punto luminoso proyectado sobre la retina, ya que esta posee una estructura análoga a la de un área cortical): ambos esquemas suponen un "plan", que no un objetivo o un programa, sino un sobrevuelo de la totalidad del campo. Esto es lo que la teoría de la Gestalt no explica, como tampoco el mecanismo explica el premontaje. No hay que sorprenderse de que el cerebro, tratado como objeto constituido de ciencia, solo pueda ser un órgano de formación y de comunicación de la opinión: y es que las conexiones progresivas y las integraciones centradas siguen bajo el estrecho modelo de la recognición (gnosis y praxis, "es un cubo", "es un lápiz"...), y la biología del cerebro se alinea en este caso siguiendo los mismos postulados que la lógica más terca. Las opiniones son formas que se imponen, como las burbujas de jabón según la Gestalt, habida cuenta de unos medios, de unos intereses, de unas creencias y de unos obstáculos.

Parece entonces difícil tratar la filosofía, el arte e incluso la ciencia como "objetos mentales", meros ensamblajes de neuronas en el cerebro objetivado, puesto que el modelo irrisorio de la recognición los acantona en la doxa. Si los objetos mentales de la filosofía, del arte y de la ciencia (es decir las ideas vitales) tuvieran un lugar, éste estaría en lo más profundo de las hendiduras sinápticas, en los hiatos, los intervalos y los entretiempos de un cerebro inobjetivable, allí donde penetrar para buscarlos sería crear. Sería un poco como en la regulación de una pantalla de televisión cuyas intensidad hicieran surgir lo que escapa al poder de definición objetivo. Es como decir que el pensamiento, hasta bajo la forma que toma activamente en la ciencia, no depende de un cerebro hecho de conexiones y de integraciones orgánicas: según la fenomenología, dependería de las relaciones del hombre con el mundo, con las que el cerebro concuerda necesariamente porque procede de ellas, como las excitaciones proceden del mundo y las reacciones del hombre, incluso en sus incertidumbres y sus flaquezas. "El hombre piensa y no el cerebro"; pero este movimiento ascendente de la fenomenología que supera el cerebro hacia un Ser en el mundo, bajo una crítica doble del mecanismo y el dinamismo, no nos saca de la esfera de las opiniones, sólo nos lleva a una Urdoxa planteada como opinión originaria o sentido de los sentidos. ¿No se situará el punto de inflexión en otro lugar, allí donde el cerebro es "sujeto", se vuelve sujeto? El cerebro es el que piensa y no el hombre, sigue siendo el hombre únicamente una cristalización cerebral. Se hablará del cerebro como Cézanne del paisaje: el hombre ausente, pero todo él dentro del cerebro...

La filosofía, el arte, la ciencia no son los objetos mentales de un cerebro objetivado, sino los tres aspectos bajo los cuales el cerebro se vuelve sujeto, Pensamiento-cerebro, los tres planos, las balsas con las que se sumerge en el caos y se enfrenta a él. ¿Cuáles son los caracteres de este cerebro que ya no se define por unas conexiones y unas integraciones secundarias? No es un cerebro detrás del cerebro, sino primero un estado de sobrevuelo sin distancia, a ras de suelo, autosobrevuelo al que ninguna sima, ningún pliegue ni hiato se le escapa. Es una "forma verdadera" primaria, como la definía Ruyer: no una Gestalt ni una forma percibida, sino una forma en sí que no remite a ningún punto de vista exterior, como tampoco la retina o el área estriada del córtex remite a otra, una forma consistente absoluta que se sobrevuela independientemente de cualquier dimensión suplementaria, que por lo tanto no exige ninguna trascendencia, que sólo tiene un lado independientemente del número de sus dimensiones, que permanece copresente a todas sus determinaciones sin proximidad ni alejamiento, que las recorre a velocidad infinita, sin velocidad límite, y que hace de ellas otras tantas variaciones inseparables a las que confiere una equipotencialidad sin confusión. Hemos visto que ése era el estatuto del concepto como mero acontecimiento o realidad de lo virtual. Y sin duda los conceptos no se reducen a un único y mismo cerebro, puesto que cada uno de ellos constituye un "dominio de sobrevuelo", y los pasos de un concepto a otro permanecen irreductibles mientras un nuevo concepto no vuelva necesaria a su vez la copresencia o la equipotencialidad de las determinaciones. Tampoco se puede decir que todo concepto es un cerebro. pero el cerebro, bajo este primer aspecto de forma absoluta, se presenta en efecto como la facultad de los conceptos, es decir como la facultad de su creación, al mismo tiempo que establece el plano de inmanencia en el que los conceptos se sitúan, se desplazan, cambian de orden y de relaciones, se renuevan y se crean sin cesar.

El cerebro es el espíritu mismo. Al mismo tiempo que el cerebro se vuelve sujeto, o mejor dicho "superjeto" de acuerdo con el término de Whitehead, el concepto se vuelve el objeto en tanto que creado, el acontecimiento o la propia creación, y la filosofía, el plano de inmanencia que sustenta los conceptos y que el cerebro traza. Así pues, los movimientos cerebrales engendran personajes conceptuales.Es el cerebro quien dice Yo, pero Yo es otro. NO es el mismo cerebro que el de las conexiones e integraciones segundas, aun cuando no haya trascendencia. Y este Yo no sólo es el "yo concibo" del cerebro como filosofía, también es el "yo siento" del cerebro como arte. La sensación no es menos cerebro que el concepto. Si se consideran las conexiones nerviosas excitación-reacción y las integraciones cerebrales percepción-acción, no nos preguntaremos en qué momento del camino ni en que nivel aparece la sensación, pues ésta está supuesta y se mantiene alejada. El alejamiento no es lo contrario del sobrevuelo, sino un correlato. La sensación es la propia excitación, no en tanto que ésta se prolonga progresivamente y pasa a la reacción, sino en tanto que se conserva a sí misma o conserva sus vibraciones. La sensación contrae las vibraciones de lo excitante en una superficie nerviosa o en un volumen cerebral: la anterior no ha desaparecido aún cuando aparece la siguiente. Es su forma de responder al caos. La propia sensación vibra porque contrae vibraciones: es Monumento. Resuena porque hace resonar sus armónicos. La sensación es la vibración contraída, que se ha vuelto calidad, variedad. Por este motivo se llama en esta caso al cerebro-sujeto alma o fuerza, puesto que únicamente el alma conserva contrayendo lo que la materia disipa, o irradia, hace avanzar, refleja o refracta o convierte. Así pues, buscaremos en vano la sensación mientras nos limitemos a unas reacciones y a las excitación que éstas prolongan, a unas acciones y a las percepciones que éstas reflejan: y es que el alma (o mejor dicho la fuerza), como decía Leibniz, no hace nada o no actúa, sino que únicamente está presente, conserva; la contracción no es una acción, sino una pasión pura, una contemplación que conserva lo que precede en lo que sigue. Por lo tanto la sensación se sitúa en otro plano que los mecanismos, los dinamismos y las finalidades: es un plano de composición en el que la sensación se forma contrayendo lo que la compone, y componiéndose con otras sensaciones que contrae a su vez. La sensación es contemplación pura, pues es por contemplación como uno contrae, en la contemplación de uno mismo a medida que se contemplan los elementos de los que se procede. Contemplar es crear, misterio de la creación pasiva, sensación. La sensación llena el plano de composición, y se llena de sí misma llenándose de lo que contempla: es "enjoyment", y "self-enjoyment". Es un sujeto, o más bien un injeto. Plotino podía definir todas las cosas como contemplaciones, no sólo los hombres y los animales, sino las plantas, la tierra y las rocas. No son Ideas lo que contemplamos por concepto, sino elementos de la materia, por sensación. La planta contempla contrayendo los elementos de los que procede, la luz, el carbono y las sales, y se llena ella misma de colores y de olores que califican cada vez su variedad, su composición: es sensación en sí. Como si las flores se sintieran a sí mismas sintiendo lo que las compone, intentos de visión o de olfato primeros, antes de ser percibidos o incluso sentidos por un agente nervioso y cerebrado.Las rocas y las plantas carecen por supuesto de sistema nervioso. Pero si las conexiones nerviosas y las integraciones cerebrales suponen una fuerza-cerebro como facultad de sentir co-existente a los tejidos, resulta verosímil suponer también una facultad de sentir que coexiste con los tejidos embrionarios, y que se presenta en la Especie como cerebro colectivo; o con los tejidos vegetales en las "especies menores". Y las propias afinidades químicas y causalidades físicas remiten a unas fuerzas primarias capaces de conservar sus largas cadenas contrayendo sus elementos y haciéndolos resonar: la más mínima causalidad permanece inintelegible sin esta instancia subjetiva. Todo organismo no es cerebrado, y toda vida no es orgánica, pero hay en todo unas fuerzas que constituyen unos microcerebros, o una vida inorgánica de las cosas. Si la espléndida hipótesis de un sistema nervioso de la Tierra no resulta imprescindible, como para Fechner o Connan Doyle, es porque la fuerza de contraer o de conservar, es decir de sentir, sólo se presenta como un cerebro global en relación con unos elementos directamente contraídos y con un modo de contracción determinados que difieren según los ámbitos y constituyen precisamente unas variedades irreductibles. Pero, a fin de cuentas, son los mismos elementos últimos y la misma fuerza algo alejada los que constituyen un único plano de composición que sustenta todas las variedades del Universo. El vitalismo siempre ha tenido dos interpretaciones posibles: la de una Idea que actúa, pero que no es, que por lo tanto sólo actúa desde el punto de vista de un conocimiento cerebral exterior (de Kant a Claude Bernard); o la de una fuerza que es pero que no actúa, que por lo tanto es un mero Sentir interno (de Leibniz a Ruyer). Si nos parece que la segunda interpretación es la que se impone, es porque la contracción que conserva siempre está descolgada con respecto a la acción o incluso al movimiento, y se presenta como una mera contemplación sin conocimiento, lo cual resulta manifiesto hasta en el campo cerebral por excelencia, el del aprendizaje o de la formación de las costumbres: a pesar de que todo parece que ocurre en conexiones de integraciones progresivamente activas, de una prueba a la siguiente es necesario, como demostraba Hume, que las pruebas o los casos, las ocurrencias, se contraigan en una "imaginación" contemplante, mientras permanecen diferenciados tanto con respecto a las acciones como con respecto al conocimiento; e incluso cuando se es una rata, es por contemplación como se "contrae" una costumbre. Todavía queda por descubrir, por debajo del ruido de las acciones, esas sensaciones creadoras interiores o esas contemplaciones silenciosas que abogan por un cerebro.Estos dos primeros aspectos o estratos del cerebro-sujeto, tanto la sensación como el concepto, son muy frágiles. No sólo desconexiones y desintegraciones objetivas, sino una fatiga inmensa hacen que las sensaciones, una vez se han vuelto pastosas, dejen escapar los elementos y las vibraciones que cada vez les cuesta más y más contraer. La vejez es esta fatiga misma: entonces, o bien es una caída en el caos mental, fuera del plano de composición, o bien es un repliegue sobre opiniones establecidas, tópicos que ponen de manifiesto que un artista ya no tiene nada más que decir, puesto que ya no es capaz de crear sensaciones nuevas, que ya no sabe como conservar, contemplar, contraer.

El caso de la filosofía es ligeramente diferente, a pesar de que dependa de una fatiga similar; en este caso, incapaz de mantenerse en el plano de inmanencia, el pensamiento fatigado ya no puede soportar las velocidades infinitas del tercer género que miden, como lo haría un torbellino, la copresencia del concepto en todos sus componentes intensivos a la vez (consistencia); el pensamiento es remitido a las velocidades relativas que sólo se refieren a la sucesión del movimiento de un punto a otro, de un componente extensivo a otro, de una idea a otra, y que miden meras asociaciones sin poder reconstituir el concepto. Y sin duda puede suceder que estas velocidades relativas sean muy grandes, hasta el punto de que simulan lo absoluto; sólo son sin embargo variables de opinión, de discusión o de "réplicas ocurrentes", como suele suceder entre los jóvenes infatigables cuya rapidez de espíritu se alaba, pero también entre los ancianos cansados que prosiguen opiniones desaceleradas y mantienen discusiones que no llevan a ninguna parte hablando a solas en el interior de sus cabezas vaciadas como un remoto recuerdo de sus antiguos conceptos a los que todavía se agarran para no volver a sumergirse totalmente en el caos.Sin duda las causalidades, las asociaciones, las integraciones nos inspiran opiniones y creencias, como dice Hume, que son formas de esperar y de reconocer algo ("objetos mentales" incluidos): va a llover, el agua va a hervir, es el camino más corto, es la misma figura bajo otro aspecto... Pero, pese a que semejantes opiniones se cuelen a veces entre las proposiciones científicas, no forman parte de ellas, y la ciencia somete estos procesos a operaciones de otra naturaleza que constituyen una actividad de conocer, y remiten a una facultad de conocimiento como tercer estrato de un cerebro-sujeto, no menos creador que los otros dos. El conocimiento no es una forma, ni una fuerza, sino una función: "yo funciono". El sujeto se presenta ahora como un "ejeto", porque extrae unos elementos cuya característica principal es la distinción, el discernimiento: límites, constantes, variables, funciones, todos estos functores o prospectos que forman los términos de la proposición científica. Las proyecciones geométricas, las sustituciones y transformaciones algebraicas no consisten en reconocer algo a través de las variaciones, sino en distinguir unas variables y unas constantes, o en discernir progresivamente los términos que tienden hacia unos límites sucesivos. Del mismo modo, cuando se asigna una constante en una operación científica, no se trata de contraer unos casos o unos momentos en una misma contemplación, sino de establecer una relación necesaria entre factores que permanecen independientes. En este sentido, los actos fundamentales de la facultad científica de conocer nos han parecido que son los siguientes: establecer unos límites que marquen una renuncia a las velocidades infinitas, y que tracen un plano de referencia; asignar unas variables que se organicen en series que tiendan hacia esos límites; coordinar las variables independientes de forma que establezcan entre ellas o sus límites unas relaciones necesarias de las que dependen unas funciones distintas, siendo el plano de referencia una coordinación en acto; determinar las mezclas o estados de cosas que se refieren a las coordenadas, y a los que las funciones se refieren. No basta con decir que estas operaciones del conocimiento científico son funciones del cerebro; las propias funciones son los pliegues de un cerebro que traza las coordenadas variables de un plano de conocimiento (referencia) y que envía a todas partes a observadores parciales.Hay todavía otra operación que pone de manifiesto precisamente la persistencia del caos, no sólo alrededor del plano de referencia o de coordinación, sino en los rodeos de su superficie variable que siempre se vuelve a poner en juego. Se trata de las operaciones de bifurcación y de individuación: Si los estados de cosas están sometidos a ellas es porque son inseperables de potenciales que toman del propio caos, y a los que no actualizan sin correr el riesgo de resultar dislocados o sumergidos. Corresponde por lo tanto a la ciencia poner de manifiesto el caos en el que el propio cerebro se sumerge como sujeto de conocimiento. El cerebro constituye sin cesar límites que determinan funciones de variables en unas áreas particularmente extensas; las relaciones entre estas variables (conexiones) presentan un carácter aún más incierto y aventurado, no sólo en las sinapsis eléctricas que evidencian un caos estadístico, sino en las sinapsis químicas que remiten a un caos determinista. Hay menos centros cerebrales que puntos, concentrados en un área, diseminados en otra; y "osciladores", moléculas oscilantes que pasan de un punto a otro. Hasta en un modelo lineal como el de los reflejos condicionados, Erwin Strauss mostraba que lo esencial era comprender los intermediarios, los hiatos y los vacíos. Los panoramas arborificados del cerebro dejan paso a figuras rizomáticas, sistemas acentrados, redes de autómatas finitos, estados caoideos. Este caos queda sin duda oculto por el reforzamiento de los flujos generadores de opinión, bajo la acción de las costumbres o de los modelos de recognición; pero se volverá aún más sensible si se toman en consideración por el contrario procesos creadores y las bifurcaciones que éstos implican. Y la individuación en el estado de cosas cerebral, es tanto más funcional cuanto que sus variables no son sus propias células, ya que estas mueren incesantemente sin renovarse, convirtiendo el cerebro en un conjunto de pequeños muertos que introducen en nosotros la muerte incesante. Remite a un potencial que se actualiza sin duda en las vinculaciones determinables que resultan de las percepciones, pero más aún en el efecto libre que varía según la creación de los conceptos, de las sensaciones o de las propias funciones.Los tres planos son irreductibles con sus elementos: plano de inmanencia de la filosofía, plano de composición del arte, plano de referencia o de coordinación de la ciencia; forma del concepto, fuerza de la sensación, función del conocimiento; conceptos y personajes conceptuales, sensaciones y figuras estéticas, funciones y observadores parciales. Para cada plano se plantean problemas análogos: ¿en qué sentido y cómo el plano, en cada caso, es uno o múltiple, qué unidad, qué multiplicidad?. Pero todavía más importantes nos parecen ahora los problemas de interferencia entre planos que se juntan en el cerebro. Un primer tipo de interferencia surge cuando un filósofo trata de crear el concepto de una sensación, o de una función (por ejemplo un concepto propio del espacio riemanniano, o un número irracional...); o bien un científico, unas funciones de sensaciones, como Fechner o en las teorías del color o del sonido, e incluso unas funciones de conceptos, como muestra Lautman para las matemáticas en tanto que éstas actualizarían unos conceptos virtuales; o bien cuando un artista crea meras sensaciones de conceptos, o de funciones, como se ve en las variedades de arte abstracto o en Klee. La regla en todos estos casos es que la disciplina que interfiere debe proceder con sus propios medios. Por ejemplo, cuando se habla de la belleza intrínseca de una figura geométrica, de una operación o de una demostración, pero esta belleza carece de todo elemento estético mientras se la defina con criterios tomados de la ciencia, tales como proporción, simetría, disimetría, proyección, tranformación: eso es lo que demostró Kant con tanta fuerza. Es necesario que la función sea aprehendida en una sensación que le confiera unos perceptos y unos afectos compuestos exclusivamente por el arte, en un plano de creación específica que la sustraiga a toda referencia (el cruce de las líneas negras o las capas de color en los ángulos rectos de Mondrian; o bien la aproximación al caos por sensación de atractores extraños de Noland o de Shirley Jaffe).Son por lo tanto interferencias extrínsecas, porque cada disciplina se mantiene en su propio plano y emplea sus elementos propios. Pero un segundo tipo de interferencia es intrínseco cuando unos conceptos y unos personajes conceptuales parecen salir de un plano de inmanencia que les correspondería, para meterse en otro plano entre las funciones y los observadores parciales, o entre las sensaciones y las figuras estéticas, y de igual modo en los demás casos. Estos deslizamientos son tan sutiles como el de Zaratustra en la filosofía de Nietszche o el de Igitur en la poesía de Mallarmé, que nos encontramos en unos planos complejos difíciles de calificar. A su vez los observadores parciales introducen en la ciencia unos sensibilia que están a veces muy cerca de las figuras estéticas en un plano mixto.También hay, por último, en las interferencias ilocalizables. Y es que cada disciplina distinta está a su manera relacionada con un negativo: hasta la ciencia está relacionada con una no ciencia que le devuelve sus efectos. No sólo se trata de decir que el arte debe formarnos, despertarnos, enseñarnos a sentir, a nosotros que no somos artistas, y la filosofía enseñarnos a concebir, y la ciencia a conocer. Semejantes pedagogías sólo son posibles si cada una de las disciplinas por su cuenta está en una relación esencial con el No que la concierne. El plano de la filosofía es prefilosófico mientras se lo considere en sí mismo, independientemente de los conceptos que acabarán ocupándolo, pero la no filosofía se encuentra allí donde el plano afronta el caos. La filosofía necesita una no filosofía que la comprenda, necesita una comprensión no filosófica, como el arte necesita un no arte, y la ciencia una no ciencia. No lo necesitan como principio, ni como fin en el que estarían destinados a desaparecer al realizarse, sino a cada instante de su devenir y de su desarrollo. Ahora bien, si los tras No se distinguen todavía respecto a un plano cerebral, ya no se distinguen respecto al caos en el que el cerebro se sumerge. En esta inmersión, diríase que emerge del caos la sombra del "pueblo venidero", tal y como el arte lo reivindica, pero también la filosofía y la ciencia: pueblo-masa, pueblo-mundo, pueblo-cerebro, pueblo-caos. Pensamiento no pensante que yace en los tres, como el concepto no conceptual de Klee o el silencio interior de Kandinsky. Ahí es donde los conceptos, las sensaciones, las funciones se vuelven indiscernibles, al mismo tiempo que la filosofía, el arte y la ciencia indiscernibles, como si compartieran la misma sombra, que se extiende a través de su naturaleza diferente y les acompaña siempre.

lunes, julio 06, 2009

Curso de los martes Leibniz, 25 de Mayo de 1987 "El alma y el cuerpo"


Entonces escúchenme bien, si me comprenden. Como les he dicho la última vez, tenemos dos sesiones de las que pido perdón a ustedes por presentarlas tan rápido, y luego yo no puedo -por mil razones- continuar. Entonces hoy y la próxima semana. Luego nuestro trabajo de este año termina. Los otros martes vendré únicamente para resolver los casos del primer ciclo, segundo ciclo, tercer ciclo, los trabajos que algunos de ustedes deben entregarme. Entonces haré las reuniones. A los otros eso no les interesa. He recibido una comunicación en la que algunos de ustedes tienen necesidad de un certificado. Vendré por esto. Si por azar no puedo venir, tengan la gentileza de telefonearme, no abusando del teléfono. Mi teléfono está en el anuario. Bien. 

Quedan hoy y la próxima vez, y es muy simple. Es un poco como si, en este curso sobre Leibniz, avanzando un poco y sobre todo retrocediendo, se desarrollara un trabajo que habría de durar dos años. Si bien lo que hago ahora es mucho más que lo que podría ser materia para otro año. Habría deseado proponer a ustedes una serie de recorridos concernientes a los dos pisos, puesto que era nuestro punto de partida. Esta filosofía de los dos pisos. Una visita a los dos pisos o, si ustedes prefieren, un conjunto de ensueños. Me gustaría mucho que ustedes intervinieran. Sí hay un punto de ensueño sobre esta organización de la filosofía de Leibniz, y principalmente sobre el papel que tiene lo viviente o lo orgánico. Y esto debería conducirnos a las relaciones respectivas de los dos pisos: el de las almas y el de los cuerpos, a grosso modo, pero hemos visto entre tanto que no son el de las almas y el de los cuerpos. Por eso digo "ensueños" porque cada vez que digo una frase habría que corregirla, o que ustedes mismos la corrijan. No es mi falla, es el estilo de Leibniz. El necesita llegar a esos dos pisos: ¿tienen una ley común? ¿cuales son sus relaciones? Y nosotros ya presentamos esa relación: es lo que Leibniz llamará la Armonía. Armonía de las almas entre sí, armonía de los cuerpos entre sí, armonía de las almas con los cuerpos. Y sobre lo que queríamos concluir, desde el inicio, era sobre ese concepto, devenido fundamental para la filosofía, y que tiene que ver con lo que, un poco por la misma época, pasa en música. 

Tomo por ejemplo un pequeño libro de Rameau, donde leo: "la expresión de lo físico está en la medida y el movimiento". Si leo futílmente, por asociación de ideas, me digo que esto remite, quizá, a la música precedente. La expresión de la física está en la medida y el movimiento, nosotros sabemos que en Leibniz no es el movimiento lo que cuenta, sino que es una razón del movimiento que él llamará la fuerza. Continúo: "la expresión de la física está en la medida y el movimiento. La expresión de lo patético, al contrario ..." ¿es que con Leibniz llega lo patético? Suspendo. Poco importa, se sueña. Si, llega el pathos. ¿Por qué? Porque nos dice que más allá del movimiento hay otra cosa. Y ¿qué es ese más allá del movimiento? Es la alteración, la variación, el pathos. "La expresión de la física... la de lo patético, al contrario está en la armonía y las inflexiones". Quizá ustedes recuerdan, fueron nuestras primeras palabras este año, cuando se trata de definir la filosofía de Leibniz, hay que decir: partimos de las inflexiones. "La de lo patético, al contrario, está en la armonía y las inflexiones, es eso lo que es necesario pesar muy bien antes de decidir sobre lo que debe inclinar la balanza". Rameau nos dice: reflexionen bien, ustedes músicos, en lo que debe inclinar la balanza, o bien la medida y el movimiento que constituyen la física, la física musical, o bien lo patético que reside en la armonía y las inflexiones. 

Si consentimos en la idea de que, casi en la misma época, la música conoce una mutación muy importante, que tiene que ver ya con Monteverdi, que tendrá que ver fundamentalmente con Bach, ¿no podemos pensarlo, también, para cuando Leibniz presenta lo que nos da como uno de sus conceptos fundamentales: la armonía pre-establecida? -y que él opone la armonía pre-establecida a Descartes y a los cartesianos, y que al mismo tiempo él reprocha a Descartes y a los cartesianos el permanecer en el movimiento, y por eso mismo no haber comprendido la naturaleza del movimiento- ¿No se puede decir: si, aquí tenemos algo? ¿Es sorprendente que nunca se haya hecho la confrontación entre Leibniz y la música? 

Entonces, intentemos repartir esos pisos, esta historia, los dos pisos barrocos. Ustedes recuerdan, habíamos dicho que lo fundamental es una línea de inflexiones. ¿Por qué es lo fundamental? No recomienzo, supongo que ustedes lo tienen presente. 

Es una línea que no es una línea recta, pero que presenta singularidades. Singularidades intrínsecas, ustedes recuerdan. Pongamos la representación intrínseca de una línea que presenta singularidades intrínsecas: es una línea de inflexiones. Lo hemos visto con Paul Klee. Hemos dicho: esa es la línea barroca. Concretamente, ¿qué quiere decir? concretamente quiere decir: lo que cuenta, y casi la unidad del mundo, es el acontecimiento. El acontecimiento es la inflexión. La inflexión es la figura abstracta del acontecimiento, el acontecimiento es el caso concreto de la inflexión. Y el mundo ¿qué es? Es un conjunto, es una sucesión infinita de inflexiones o de acontecimientos que serán llamados estados del mundo. A lo que, quizá, ustedes me dirán que es como una curiosa manera de definir y de comenzar a presentar un piso del que ustedes esperan ya -en virtud de nuestro pasado- a que sea el piso de las almas, e invocar los acontecimientos y las inflexiones. Todo está mezclado. Sócrates está cogido en su prisión. ¿Ven ustedes? Eso hace referencia a un celebre texto de Platón. Porque Sócrates está atrapado en su prisión esperando la muerte, y Platón pregunta: ¿es que tiene rodillas que pueden plegarse? De acuerdo él tiene rodillas que pueden plegarse. Eso no impide que no sea porque tiene rodillas que pueden plegarse que esté atrapado en su prisión. Está atrapado en su prisión porque encuentra que eso está bien. Encuentra que está bien no buscar evadirse. Espera su condenación. 

¿Qué quiere decir eso? Comprendan: todo acto debe estar relacionado con dos cosas a la vez: las causas eficientes, dirá Platón, pero también, dirá Leibniz, y lo dirá con más fuerza, y las causas finales. Sócrates está atrapado en su prisión porque él encuentra que eso está bien: causa final. Voy a decir algo muy simple: todo acontecimiento es acontecimiento del espíritu, y no quiero decir nada distinto. O, si ustedes prefieren, va de sí que todo acontecimiento concierne a los cuerpos, y yo no podría, sin duda, citar un solo acontecimiento que no concierna a los cuerpos; pero digo que justamente ese aspecto, por el momento, lo dejamos de lado. El comprende que no se puede decir todo a la vez, entonces el aspecto por el cual el acontecimiento concierne a los cuerpos no nos ocupa por el momento, pues hay otro aspecto del acontecimiento. Si ustedes me dicen: pero, ¿no es una dualidad? no, no es una dualidad, lo uno está estrictamente en lo otro, pero ¿de qué manera? ¿Qué relación existe entre los dos aspectos? El acontecimiento está en los cuerpos, pero no solamente en los cuerpos. 

Bien, eso aclara un poco todo, responde a la objeción que me hacia: ¿cómo decirles que voy a hablar del espíritu y después comenzar por un acontecimiento como "estar atrapado en su prisión"? Y hemos visto como Leibniz avanzaba en este descubrimiento del espíritu. Es que la línea de inflexiones, o la línea de acontecimientos está envuelta en una unidad espiritual que se llamará mónada. Se va de la inflexión al envolvimiento. No vuelvo sobre eso. Si bien que, si es verdad que toda inflexión es una singularidad, es una singularidad intrínseca, él tiene necesidad de decir que una mónada es una condensación de singularidades, o que, si ustedes quieren, una mónada expresa el mundo. 

¿En qué sentido expresa el mundo? Los acontecimientos son sus predicados. Y hemos visto hasta que punto podía ser ruinoso para una comprensión de la filosofía de Leibniz, pensar que los predicados eran los atributos, los atributos de juicio, mientras que los predicados eran los acontecimientos como expresados por las proposiciones. El tipo de la proposición en Leibniz no es: "el cielo es azul", es "César franquea el Rubicón". ¿Comprenden por qué insisto tanto en esto? Si no lo tenemos, si no lo comprendemos muy vivamente, no comprendemos nada de lo que quiere decir Leibniz. Y si hemos relacionado tan fuertemente a Leibniz y a Whitehead es por esta razón, son los filósofos del acontecimiento, en los que finalmente todo es acontecimiento, y por eso mismo todo es predicado de los sujetos, de las unidades individuales que expresan el mundo. 

Entonces es un primer estadio el que me permite decir a la vez, si ustedes lo recuerdan, me permite decir a la vez que cada substancia individual, cada mónada, cada alma o espíritu, tomémoslas como idénticas, expresa la totalidad del mundo. Y, necesariamente, decir, a la vez, que las mónadas son para ese mundo que ellas expresan, si el mundo hubiese sido otro, las mónadas hubiesen sido otras, puesto que ellas hubiesen expresado otro mundo. Entonces hay que decir, a la vez, que las mónadas son para el mundo que expresan, pero que ese mundo no existe fuera de las mónadas que lo expresan. Bien, ¿qué es el mundo? Es lo expresado común de todas las mónadas que Dios ha hecho pasar a la existencia. Habría podido hacer pasar otras mónadas a la existencia, muy bien, pero en ese momento habría sido otro mundo. Habría elegido otro mundo, y ya hemos visto esa extraña noción de "elección del mundo" en Leibniz. 

Demos todavía un paso más en el examen de este piso, ven ustedes que estamos en un piso muy curioso, pero al menos hemos terminado este punto que era nuestro punto de partida, y que era: el mundo es expresado por cada mónada, si, y como el mundo no existe fuera de las mónadas que lo expresan, hay que decir que cada mónada tiene una infinidad de pliegues, el mundo está plegado en cada mónada. Y ya al nivel del espíritu aparece este tema del plegado. E inmediatamente el problema vuelve a ponerse sobre el tapete: ¿por qué no una sola mónada? ¿Por qué tantas mónadas? ¿Por qué hay una infinidad de mónadas que expresan el mismo mundo? 

La respuesta que Leibniz nos daba era: porque hay un solo mundo, un solo Dios, ¿por qué, según Leibniz, Espinoza no tiene razón? La respuesta de Leibniz es que hay una razón individual, hay un principio de individuación de las mónadas a saber, que todas expresan el mismo mundo al infinito, pero solo expresan claramente una pequeña porción del mundo. Cada uno de nosotros expresa claramente solo una pequeña porción del mundo; pues bien, desde el comienzo, ese piso de las almas, independientemente del cuerpo - eso es lo que me importa en Leibniz, que la oscuridad no viene del cuerpo -; una vez más, es el alma la sombreada, el alma es la oscura. Solo tiene una pequeña región de claridad. Su pequeña porción de claridad es su pequeña porción privilegiada que expresa particularmente. Ella expresa particularmente una noción privilegiada: usted, yo, alguien que vivió hace miles de años. Nosotros no expresamos la misma región del mundo, lo que él dice muy bien: cada uno tiene su apartamento, apartamento del cual hemos visto, no vuelvo sobre eso, hasta que punto puede ser reducido o extenso. Hasta que punto, por ejemplo, en el condenado, iba a reducirse a nada, a casi nada, y al contrario en el hombre adelantado se extiende. Todas estas son las nociones que nos hacen visitar este piso de las almas. Sobre todo deténganse, es como si fuera una vista de un apartamento sobre esos dos pisos. Entonces, si ustedes me dicen: ¿para qué sirve? Se gestiona. 

Pregunta: Una cosa que me confunde: ¿es que, por el hecho de que todas las mónadas tienen un contacto las unas con las otras, se puede deducir que no existe el mundo? 

Deleuze: No, pues sería contradictorio. Si yo dijera: las mónadas no tienen estrictamente nada que ver las unas con las otras porque ellas están en contacto, eso no funcionaría porque ese contacto formaría algo común, un mundo común. Igualmente no se puede decir que solo hay mónadas; Leibniz dice en un texto: no se puede decir que sean lejanas o distantes, ellas no tienen ni puerta ni ventana, están enteramente cerradas sobre sí, están cerradas. 

Pregunta: Pero usted ha hablado alguna vez de relaciones. Es raro decir que las mónadas son para el mundo que expresan, pero ese mundo no existe fuera de esas mónadas. 

Deleuze: Eso es, es lo esencial. La pregunta es muy buena, porque sería desacertado que ustedes abandonen uno de los dos aspectos. Es necesario, a cualquier precio, mantener los dos aspectos. Seguramente el mundo no existe fuera de las mónadas. ¿Cómo existiría? No existe fuera de las mónadas por una simple razón, y es que todo predicado está en el sujeto. Hemos visto este largo análisis, o si ustedes prefieren todo lo que da lugar a una inflexión está plegado en la mónada, entonces no hay mundo que no este plegado en este espacio de envoltura: la mónada, ustedes o yo. 

De hecho pienso otra cosa, pienso en un celebre texto de Proust en el que un mundo puede estar plegado en un personaje, en una persona. Ese es el caso, para Leibniz el mundo está perpetuamente plegado en las unidades individuales, ¿por qué? Porque, si ustedes comprenden que el acontecimiento siempre es una inflexión, bien la inflexión solo está envuelta en... no recomienzo. Entonces puedo decir: el mundo solo existe en las mónadas que lo expresan, pero también hay que decir: las mónadas solo existen para el mundo que expresan. ¿Por qué? Porque, Leibniz vuelve continuamente sobre este ejemplo típico, Dios no ha creado a Adán pecador, él ha creado el mundo donde Adán ha pecado. No ha creado tal mónada, o tal otra mónada, porque en ese momento ellas no expresarían el mismo mundo. El ha creado un mundo, habría podido crear otro. Cuando hace pasar este mundo a la existencia, lo hace pasar en y creando la infinidad de mónadas que expresan ese mundo. Sino no podría hacer nada. Si crea un mundo común en el que estarían los individuos, los sujetos, etc. estaríamos en la situación ????, pero los otros mundo que habría podido crear... tenemos la concepción de una infinidad de mundos posibles, que no son, como él dice, composibles los unos con los otros. El elige uno de esos mundos, aquel que tiene más realidad, el que tiene la mayor cantidad de realidad, como dice, es decir el más perfecto. Pero ese mundo no tiene ninguna existencia en sí mismo independientemente de las sustancias individuales, puesto que las sustancias individuales son la realidad misma, por eso es que no tiene ninguna existencia fuera de las sustancias individuales que lo expresan. Insisto sobre esto, porque si no comprenden a este nivel, no comprenderán nada de lo que viene. Adelanto algo: ¿qué es la noción de armonía? Leibniz, cuando emplea la palabra armonía, y no hablo en términos de música, ni en términos de filosofía; digo: con ocasión de esta pregunta hagamos una hipótesis, nos servirá para la próxima vez. La armonía, ustedes comprenden, hay una enormidad de textos de Leibniz sobre la armonía. Busquemos lo que hay en común. Y yo creo que si se reúnen todos los textos, si se tiene el tiempo, vemos que la armonía es una relación que concierne a la expresión. Es una relación de expresión, es la expresión como relación. Hombre, eso nos convendría quizá para la música, porque de cierta manera -lo veremos la próxima vez- es con el barroco que la música se reclama de un valor expresivo. El valor expresivo de la música, eso es ya la introducción del barroco. Quizá un poco lo que Rameau llamaba "lo patético", pero lo veremos. Digo: la armonía es una relación de expresión, pero ¿qué es una relación de expresión? Llamo relación de expresión a una relación entre un término llamado "expresante" y un término llamado "expresado". No tiene sentido a menos que defina esta relación. Si la expresión es una relación entre un expresante y un expresado, ¿en qué consiste esa relación? Propongo una hipótesis, es una hipótesis doble. De una parte lo expresado no existe fuera de su expresante, de otra parte y al mismo tiempo el expresante esta en correspondencia regulada con su expresado. ¡Qué alegría! No habría creído nunca llegar a algo tan claro y abstracto a la vez. Yo creo que eso es la armonía y que no conviene a otra cosa: dos cosas están en armonía cuando están en esta situación. Remito a un texto que está en Latín, no creo que este traducido. Es: Quid sit idea, lo que es una idea, tomo 7 de las obras filosóficas, donde Leibniz analiza la relación de expresión. Creo que ese texto, no quiero decir que sea el único, pero creo que ese texto favorece esta conclusión que yo saco, esta relación entre un expresado y un expresante. El requiere de los dos a la vez: lo que expreso no existe fuera de mi, es una relación muy extraña. Por eso les decía: hay una torsión entre lo expresado y el expresante, no hay una torsión fuera de mi. Lo que yo expreso no existe fuera de mi, y al mismo tiempo, yo, yo solo existo en correspondencia regulada con lo que expreso. ¿Qué es en matemáticas? Entonces aquí soy osado... pero eso no está lejos de lo que se llama una función. Yo no se si en matemáticas podríamos decir, se que podríamos decirlo, pero me molesta fatigarlo, no sé si se podría decir en matemáticas que una función es fundamentalmente expresiva, si no se tienen los dos caracteres, si una función no es una relación entre dos términos y que el uno no existe independientemente del otro y el otro no existe independientemente de una correspondencia regulada con el uno. Digo a la vez: el mundo que Dios ha elegido no existe fuera de las mónadas que lo expresan. Contrariamente, lo hemos visto, no hay dos mónadas que expresen el mundo de la misma manera, hemos visto que es la teoría del punto de vista. Hemos visto en que consistía la teoría del punto de vista, y es que cada uno de nosotros en su apartamento tiene su pequeña porción de expresión clara. 

Pregunta: ¿De dónde viene ese límite? 

Deleuze: Somos finitos. Toda criatura es finita, solo hay un ser que no tiene ese límite y es Dios. El expresa adecuada y distintamente, no solo el universo que ha elegido, sino la infinidad de otros universos. Pero nuestra finitud quiere decir que nosotros expresamos solo un mundo de todos los mundos composibles, de una parte, y que expresamos claramente solo una pequeña región de ese mundo. ¿Es la consecuencia de qué? La consecuencia de nuestra finitud, es decir del hecho de que nosotros no tenemos solamente una fuerza expresiva, sino que tenemos -lo hemos visto en una oportunidad precedente- una materia primera. Queriendo decir por materia primera: potencia de finitud. 

Pregunta: si todas las mónadas son finitas, cuando menos por medio de Dios el mundo es infinito (Deleuze: si, puesto que hay una infinidad de mónadas), eso permite suponer que hay un mundo que existe fuera de las mónadas. 

Deleuze: ¿Por qué? Es necesario encontrar otra palabra. Hace mucho tiempo de hecho, a propósito de otra cosa, yo propuse otra palabra: el mundo no existe fuera de las mónadas, hay que decir que insiste, no existe. Es curioso porque yo esperaba que esto no tuviera dificultad y, bueno, siempre está la sorpresa. Digo: las mónadas son la existencia del mundo. Para mi, no, no para mi, para Leibniz va de si completamente que el mundo no existe fuera de las mónadas puesto que si se pregunta : ¿qué es la existencia del mundo? El dice: son las mónadas. 

Pregunta: Pero, ¿Dios es más que la totalidad de las mónadas? 

Deleuze: evidentemente... he hecho mi pequeño diseño... lo he hecho punteado porque como mundo solo tiene existencia virtual. Pero solo deviene actual, solo es actual en las mónadas de las que cada una lo expresa por entero. ¿Cuáles son las diferencias entre las mónadas? Lo expresan por entero desde un punto de vista, aquí el asunto se complica, es decir que cada una tiene su zona privilegiada. Si bien podemos decir: el mundo solo existe en las mónadas, pero cada mónada tiene una relación regulada con el mundo, según su propio punto de vista... siento que no eres leibniciano... 

Pregunta: inaudible. 

Deleuze: Imposible, hay una irreductibilidad absoluta de las mónadas las unas con relación a las otras, ¿ven por qué? Es porque el no quiere la idea de un solo mundo. 

Pregunta: (¿Isabel Stengers?) En físico-matemáticas el problema se ha planteado a finales del siglo XVIII. Los físico-matemáticos han construido las funciones globales, por ejemplo la energía potencial, el campo, de hecho el ancestro de la teoría de los campos de hoy en día, y al principio han sido construidas a partir de fuerzas que tienen definiciones puramente locales. Pero cuando se parte de la definición de potencial (justamente después de Lagrange) la fuerza aparece como una función que es una derivada local de una función que representa la integral del sistema en el mismo momento, y durante un tiempo hay una simetría perfecta entre la idea de que las fuerzas no eran, en el fondo, más que las derivadas locales del campo integral, o que el campo integral estaba construido por la integración a partir de fuerzas locales. La relación de simetría ha sido planteada por el electro-magnetismo (Deleuze: si... si...) ... el campo ha tomado su autonomía... ¿no se reconcilia la relatividad de Einstein que es sobre el campo gravitacional y el electromagnetismo? 

Deleuze: De acuerdo, y nosotros que somos leibnicianos, podemos decir, entendiendo que no es él quien resuelve los problemas de la ciencia actual, pero que él resolvería el problema que enuncias al nivel del otro piso, al nivel de la teoría de la materia, lo que veremos si continuamos esta visita. 

Continuamos. Esta pieza de las almas es enorme puesto que contiene el mundo entero, las expresiones del mundo, los mundos incomposibles, la libertad, en fin todo lo que hemos dicho. Cada uno de nosotros en su apartamento, es sobre eso que insisto: el cuerpo, no lo hemos hecho intervenir. Lo que hemos hecho intervenir es la materia primera, es decir toda substancia individual o mónada implica una fuerza primitiva activa y una fuerza primitiva pasiva, fuerza primitiva pasiva llamada materia primera y que hace uno con su finitud. En otros términos: ¿qué es el que yo no exprese la totalidad del mundo claramente, que solo tenga una pequeña zona de expresión clara? No es más que otra manera de decir que hay muchas mónadas, no estoy solo en el mundo. Lo oscuro en mi es la parte de los otros. Hace mucho calor... lo oscuro es la parte de los otros, es la pluralidad de las mónadas lo que hace que Dios no este en la sombra. Pero nosotros, nosotros tenemos una parte oscura, tenemos una parte negra, tenemos una parte sombría que es el fondo de nuestra alma, y no quiere decir el mal. Será la posibilidad del mal, pero no quiere decir el mal, quiere decir que toda verdad debe ser arrancada a esa sombra. Ahora bien el punto de partida de cualquier arrancamiento de la verdad es la pequeña región clara que cada uno de nosotros expresa. Y, lo hemos visto, a partir de allí, las almas o los espíritus, pero las almas y los espíritus razonables tienen en efecto su manera de acceder a la verdad, y lo hemos visto, principalmente la última vez, gracias al análisis de la percepción. Las percepciones interiores de la mónada, puesto que las mónadas expresan el mundo percibiendo los acontecimientos, hemos visto que esas percepciones consistían en sacar de la sombra una claridad, o de las pequeñas percepciones no extraordinarias - como él dice- una percepción extraordinaria. Siempre la teoría de los puntos singulares, la teoría de los puntos extraordinarios. Y hemos visto como se hacía en cada mónada esta constitución de una percepción extraordinaria. Y a partir de la constitución de la percepción extraordinaria, se accederá a otras verdades de las que habíamos hecho el análisis, les recuerdo, y eran los análisis de las series, de las series convergentes hacia los requisitos que iban más allá de las cosas, las cosas perceptibles hacia los ???? y series infinitas que iban más lejos aún que la idea de Dios. No vuelvo sobre eso, pero eso amplia cada vez más el apartamento. 

Se alcanza este piso y enseguida preguntamos: ¿qué pasa? En el primer apartamento solo hay eso, solo eso. Tenemos todo hecho, teniendo en cuenta los enormes problemas que se plantean: problema de la libertad, problema... y de golpe ¿qué es lo que definirá el otro piso? Es: "¡tengo un cuerpo!", es necesario que añada, en el primer piso ya hay una gran variedad: todas las mónadas no valen. No solo hemos visto que las mónadas tenían zonas de expresión clara más o menos grande, sino que algunas se contentaban con una zona de percepción extraordinaria o señalada y no alcanzaban las verdades divinas, no alcanzaban las series infinitas. ¿Qué serían esas mónadas? En otros términos: ¿toda mónada es un alma razonable, un espíritu? En el piso en que estamos solo podemos encontrar almas razonables o espíritus. 

Entonces digo: vamos a saltar al otro piso, lo que nos hace saltar es como una especie de escalera, ¿qué es? Es lo anunciado: tengo un cuerpo. ¡El anuncio de que tengo un cuerpo! ¿Comprenden qué abre... qué abre esto? ¿Qué es lo que exige que yo tenga un cuerpo? ¡El acontecimiento! El acontecimiento no se contenta con el primer piso. Entonces, si intento un esquema, sería necesario ponerlo entre los dos. Y finalmente, puede ser que todo esté entre los dos, pues ¿qué es lo que hemos visto como apartamento del primer piso? Es el acontecimiento como determinación espiritual. Y ¿qué es el acontecimiento como determinación espiritual? Es el acontecimiento o la inflexión en tanto se actualiza en un sujeto individual. Ustedes recuerdan: el mundo es una virtualidad, y es hay que juega la pareja leibniciana virtual-actual. El mundo es una virtualidad que se actualiza en cada mónada que lo expresa. Si ustedes prefieren: la mónada es la existencia actual del mundo, y el mundo no existe actualmente más que en las mónadas, sino es pura virtualidad. Ahora bien, ¿qué es lo de más que reclama el acontecimiento? ¡es muy bello! Me parece que es muy bello: Sócrates se establece en su prisión porque piensa que está bien, pero entonces hay que añadir otras cosas. Es necesario que tenga rodillas que se doblen. En otros términos no veo nada mejor para decirles algo muy simple: es necesario que el acontecimiento también se inscriba en los cuerpos, en otros términos, el acontecimiento no es simplemente una virtualidad que los alcanza y que los acecha y que se actualiza en su alma. El acontecimiento es una posibilidad que se realiza en sus cuerpos, y ese será el piso de abajo. "Tengo un cuerpo", ¿por qué? 

Primera razón: porque solo puedo expresar una porción clara, reducida, justamente porque no puedo expresar más que una pequeña porción. Dios no tiene cuerpo, el cuerpo es exactamente mi apartamento. Y recuerden lo que decíamos enfáticamente de no hacer un intercambio que volvería incomprensible a Leibniz: no es porque tengo un cuerpo que tengo una porción de expresión reducida, es porque tengo una porción de expresión reducida por lo que, entonces, tengo un cuerpo. En efecto, lo que expreso, lo que mi mónada expresa claramente, es lo que diremos que concierne a mi cuerpo, y desde entonces concierne a la relación de otros cuerpos con el mío. En otros términos, un acontecimiento no puede realizarse en un cuerpo que sería el mío, solo puede realizarse en una interacción de cuerpos sobre el mío. Es necesario que tenga un cuerpo y no tendría un cuerpo si no hubiese otros cuerpos inter-actuando sobre el mío. El que yo tenga un cuerpo deriva de mi finitud, es decir de la potencia pasiva o, si ustedes prefieren, del hecho de que tengo una zona de expresión clara muy, muy restringida. 

Pregunta: ¿El acontecimiento realizado es el desplegamiento del tiempo, o es el tiempo? 

Deleuze: El acontecimiento realizado no es el desplegamiento del tiempo, su pregunta es muy acertada pues no hemos hablado del espacio y del tiempo. El espacio y el tiempo seguirán todo el conjunto. Ya en el piso superior hay un espacio y un tiempo, simplemente ese tiempo será únicamente el orden de los posibles co-existentes. Por ejemplo: su mónada, su espíritu como espíritu, o bien co-existe o bien no co-existe con el de, por ejemplo, César. Ustedes no están en la misma época, eso basta completamente. Entonces el tiempo como orden de sucesiones posibles, y el espacio como orden de co-existencias posibles pertenecen al primer piso. Respondo lo mejor que puedo a su pregunta. Ese espacio y ese tiempo no tienen todavía nada que ver con lo extenso y con la duración. No es el mismo piso. ¿Qué relación tendrían con un tiempo infinito? No es un tiempo infinito puesto que es secundario respecto a lo que lo llena. Solo por consecuencia es infinito, no habría un tiempo y un espacio vacíos que serían llenados por la acción de Dios. Lo que llamo el espacio y el tiempo es el orden de co-existencias y de sucesiones entre mónadas, si bien decir que estarían en el espacio, tendrían lugares en el espacio, o momentos en el tiempo, sin cambiar en sí mismas, eso no tendría ningún sentido. 

Pregunta: ¿Sería infinitamente virtual? 

Deleuze: No, en fin, si y no. Es virtual si usted lo identifica con el tiempo del mundo. Es actual si usted lo toma como el orden de sucesión de las mónadas, de las mónadas que son actuales. El problema será matemáticamente complicado, porque ustedes sienten que en el primer piso hay una lógica del tiempo definida como el orden de las sucesiones por ejemplo, o una lógica del espacio y Leibniz tiende mucho a la distinción de las palabras. El emplea en este piso solo los términos spatium, espacio, y tempus, tiempo. Cuando ven la palabra extensio o extensum ya no remite a este, al contrario remite a algo que concierne al cuerpo. Entonces el problema serán las relaciones entre el spatium y la extensio, será una de las teorías matemáticas más audaces de Leibniz, creo yo. Bien es todo lo que puedo decir, muy rápidamente. 

Vean ustedes, cada uno de nosotros tiene un cuerpo, cada uno de nosotros tiene un cuerpo y al mismo tiempo hay un cuerpo sobre el cual inter-actúan otros cuerpos. Por ejemplo: Monadología. Hay ahí un problema: ustedes tienen dos sistemas, los dos pisos están subordinados a dos modos de construcción completamente diferentes. El primer piso tiene por modo de construcción un mundo virtual que actualmente solo existe en cada mónada; en otros términos cada mónada expresa la totalidad del mundo, e incluye la totalidad del mundo. Al nivel de los cuerpos en donde ustedes están eso ya no es así del todo. Los cuerpos son exteriores los unos a los otros e inter-actúan los unos sobre los otros. Las mónadas, al contrario, son tales que el mundo es interior a cada una y ellas están sin puertas ni ventanas, es decir no inter-actúan. Cada una expresa el mundo por su cuenta. Sin puerta ni ventana. Mientras aquí hay una interacción de los cuerpos. Yo diría: lo que expreso claramente en el mundo son los cuerpos que afectan directamente el mío, y es por ese proceso de la afección, de la interacción de los cuerpos, es por ese proceso que algo en ese piso responderá a las percepciones internas de la mónada. Lo hemos visto la última vez, cuando he intentado analizar el ejemplo de la gota de agua y de la ola, y que veíamos que entre el cuerpo líquido y mi cuerpo se constituía en el límite una especie de relación diferencial dy/dx, en el otro piso se constituía en la mónada una percepción diferenciada: escuchaba el ruido del agua. Ven ustedes que hay correspondencia entre los dos pisos, pero cada uno de ellos tiene su ley, no obedecen a la misma ley. Hay una ley que es la interacción de los cuerpos unos sobre los otros, y otra ley que es: las mónadas, en las que cada una expresa el universo entero, y que no comunican las unas con las otras. 

Eso nos crea dificultades. ¿Cómo dar cuenta de la diferencia entre los dos pisos? Tanto como preguntar: ¿de qué está hecho mi cuerpo? Si preguntamos eso, es suficiente, hagan un esfuerzo: ¿de qué está hecho mi cuerpo? 

¿De qué está hecho todo cuerpo? No es fácil comprender en Leibniz de que está hecho un cuerpo, y para mi, ese me parece uno de los grandes misterios de todas las filosofías del siglo XVII. Yo diría que un cuerpo está hecho -en todos ellos, pero particularmente en Leibniz y en Espinoza-, en Leibniz y en Espinoza un cuerpo está hecho de una infinidad de partes actuales infinitamente pequeñas. Todo cuerpo esta constituido por una infinidad de partes actuales infinitamente pequeñas. No podemos llegar a la última parte. Es lo que se llama el infinito actual. Hay que imaginarlo, eso está bien, pues es propiamente inimaginable. Es matematizable, pero es inimaginable. Siganme, esto se opone a dos cosas: se opone, de una parte a los átomos, con los átomos siempre hay, por lejos que sea, hay siempre una última parte irreductible. Aquí al contrario, es una infinidad de partes actuales tal que no hay última parte, que toda parte implica todavía una infinidad de partes actuales. Y de otra parte no es divisible al infinito puesto que la infinidad de partes actuales tal que ninguna parte puede llamarse la más pequeña, precisamente están dadas actualmente, existen actualmente, y no dependen del proceso de división que ustedes hacen sufrir al conjunto. Es lo que esos autores explicaron diciendo: son multiplicidades innumerables, lo que no impide que usted pueda decir que un cuerpo es el doble de otro. Un cuerpo puede perfectamente ser el doble de otro, pero implica, no menos que el otro, una infinidad de partes actuales, infinitamente pequeñas. Es que una tal concepción -Leibniz la afirmará diez veces, diciendo: solo hay infinito actual-, y muy frecuentemente se la objeta con otros textos de Leibniz donde Leibniz dice que el cálculo infinitesimal, o que aún el cálculo de las series infinitas no es más que una ficción matemática, pero me parece evidente que no hay ninguna contradicción y que eso quiere decir que aun el cálculo infinitesimal no da cuenta de ese infinito actual. 

Entonces supone colecciones de partes infinitas, sin que ustedes puedan llegar a la última, y que sin embargo están actualmente dadas, contrariamente a lo que pasa en una divisibilidad al infinito. Todo cuerpo es de este tipo. Cuando digo: tengo un cuerpo, quiero decir: yo implico una infinidad de partes infinitamente pequeñas, actualmente. 

Pregunta: ¿Porque ellas son actuales es que se evita la paradoja de Zenón? 

Deleuze: Absolutamente. También por eso él tendrá una concepción particular del movimiento que va a depender de la fuerza. 

Pregunta: Entonces, ¿el alma es finita pero no el cuerpo? 

Deleuze: No, la cuestión no es saber si el alma es finita y el cuerpo no, la cuestión es que todo a la vez, salvo Dios, es finito e infinito. Dios, su cuenta esta regulada, él es infinito. Uf, eso esta regulado, eso es finito, si me atrevo a decirlo, hablando de más. Pero todo lo que es finito es infinito por un cierto aspecto, y los infinitos; me parece que el secreto del pensamiento del siglo XVII es la distinción de los ordenes de infinito. Ahora bien, si Dios es infinito y si es el primer infinito, es porque de él se dice: infinito por sí. Es infinito por sí. Pero, inmediatamente hay un segundo infinito que es lo infinito por su causa. Lo infinito por su causa son las criaturas. Las mónadas son infinitas por su causa. Son infinitas, ¿por qué? No, más bien, ellas son finitas, no son infinitas porque son criaturas, son creadas por Dios. Pero son infinitas simplemente por su causa, ¿por qué? Simplemente porque Dios las creo de tal manera que expresan la totalidad de un mundo infinito. Y su formula es que, desde entonces, tendrán una infinidad de predicados, y ese infinito por su causa tiene como formula, lo hemos visto: 1/infinito, mientras que Dios por su causa tendrá como formula: infinito / 1, es decir lo infinito como individualidad, lo infinito como ser personal. Entonces en el primer piso las mónadas son finitas y son infinitas. 

Cuando lleguemos a los cuerpos y a los conjuntos de partes actualmente infinitas en lo infinito, ese es el tercer sentido de infinito, a saber: un infinito que esta cogido en los límites, una porción de materia, y que cualquiera que sea la estrechez de los límites considerados, es propiamente hablando innumerable. Entonces es finito puesto que está cogido en los límites; es de lo infinito puesto que implica una infinidad de partes actuales. Es el tercer infinito. ¿hay otros? Hombre, todavía hay otros, pero nos atenemos a estos porque son los tres grandes. Una vez más, no para todos, lo que digo solo vale para Leibniz y para Espinoza. 

Entonces digo: esto es, de entrada, tener un cuerpo, ¿qué quiere decir? ustedes recuerdan, añadamos: ¿por qué tengo un cuerpo? Tengo un cuerpo porque yo no tengo más que un apartamento, etc... yo no tengo más que un pequeño apartamento claro. Pero ¿por qué no tengo más que un pequeño apartamento claro? Porque soy una criatura, porque soy finito. En otros términos porque tengo una materia primera y la materia primera no es tener un cuerpo, es la exigencia de tener un cuerpo. Entonces la exigencia de tener un cuerpo, bueno, aquí está satisfecha. 

Por esto Leibniz hablará así: esos conjuntos infinitos de pequeñas partes actualmente infinitas, no tienen porque asombrarse de que las llame: materia segunda. Apenas digo esto, presten atención a lo que digo: hay que corregir, eso no basta. Pero es un aspecto de la materia segunda. La materia segunda será la forma bajo la cual la materia efectúa la exigencia de la materia primera, de la finitud. Vuelve en toda nuestra historia: nosotros somos finitos, entonces nosotros solo podemos expresar una parte finita, entonces tenemos un cuerpo. Hay una inmanencia absoluta de la mónada a la materia primera. Digamos que esto se complica. Pero entonces deberá desanudarse, ¿ven ustedes el problema que tenemos bajo nuestros pies ahora? ¿Qué es mi cuerpo? ¿En qué es mi cuerpo? Es necesario que algo haga mi cuerpo. Tengo un conjunto infinito de partes materiales infinitamente pequeñas, pero ¿en qué me concierne? También la materia segunda tiene dos aspectos, y solo hemos dado un aspecto de la materia segunda. Y es que ese conjunto infinito de materia infinitamente pequeña implica al mismo tiempo una infinidad de pequeñas almas. Como si nos remontáramos al primer piso. Las pequeñas almas, pero ¿qué pequeñas almas? Titubeo entre dos cosas: si voy muy lentamente perdemos, si voy muy rápido perdemos todavía más. La materia segunda debe implicar... yo no se, yo... si: un conjunto infinito de pequeñas partes actualmente infinitas, pero solo me pertenecen bajo la hipótesis de una infinidad de pequeñas almas, pero es cartesiano, hay distinción real entre el alma y el cuerpo. Bueno, pero ustedes recuerdan, eso me parece uno de los golpes más asombrosos de Leibniz: la distinción real no implica la separabilidad. Mi cuerpo está constituido de una infinidad de pequeñas almas animando una infinidad de partes orgánicas infinitamente pequeñas, la máquina que va hasta el infinito. ¿Las dos son realmente distintas? Si, pero eso no impide que sean inseparables, de ahí la sorprendente teoría de lo viviente. Ese es el estatuto de lo viviente. 

Afortunadamente él va muy rápido, tanto que uno tiene la impresión de perderse todo. Entonces, ¿Donde estamos? Ya no sabemos donde estamos. Si, fórmula luminosa, llega la luz, bastará decir que ustedes, cada uno de ustedes es una mónada dominante, y como mónadas dominantes ustedes tienen un cuerpo. Mónada dominante, eso quiere decir: ustedes son un alma razonable, y como tal tienen un cuerpo, con un cerebro, no hay alma sin cerebro. Ustedes tienen un cuerpo con un cerebro. Su cuerpo, ¿de qué está hecho? De una infinidad de pequeñas partes actualmente infinitas, pero inseparables de una infinidad de mónadas dominadas que son, ya no razonables, sino animales o sensitivas. De ahí este extraordinario vitalismo que puede decir al mismo tiempo: no hay materia viviente, no, toda materia es materia, es todo. Simplemente tendremos la inseparabilidad de la materia segunda y las pequeñas almas, es decir las mónadas dominadas... simplemente ¿eso era todo? ¡Funciona tan fácil! A mi manera de ver es uno de los más grandes organicismos que se hayan hecho en filosofía. Como a Whitehead le gustaba llamar a su filosofía organicista, esta es una razón de más para compararlas. 

Veamos a donde nos lleva esto, ya que quiero ganar tiempo, es cuestión de ganar tiempo. Si quisiera ganar tiempo, ¿Cuál es la situación de los animales? Lo de los animales es complicado porque, hay que decirlo, los animales no tienen alma razonable, ellos no llegan a las verdades necesarias, no llegan a las series infinitas, no hacen matemáticas, no conocen a Dios, etc... pero tienen al menos una pequeña porción clara y no hacen razonamientos, pero registran las consecuciones, como él dice, en sus mónadas, y hemos visto que la psicología del animal era para Leibniz algo fundamental. Bien. 

¡"Muero"! ¿Ustedes recuerdan lo que pasa cuando muero? Hemos visto porque esta buena nueva era nuestra alegría. Lo hemos visto desde el inicio: ¡es pasmoso! Cuando muero, nuestra alma razonable es reducida a un alma sensitiva o animal, pero permanece, ella permanece. Son los famosos pliegues, despliegues, repliegues. Y será re-desplegada cuando Dios la llame al juicio final. Ustedes recuerdan esta idea tan rara (Deleuze estalla en una risa) que él tenía de que las almas llamadas a devenir razonables no lo eran desde el inicio del mundo; en efecto, eso sería idiota. Yo, mi alma razonable, y la suya también, para alcanzarla ha sido necesario nacer en el orden del tiempo, en el orden de las sucesiones, en el primer piso, y es necesario que Dios nos llame, es decir: despliegue nuestras propias partes para que expresemos el mundo. Pero, antes se existía, pero ¿cómo que se existía? Como un alma animal sensitiva, como el alma de un gusano. Simplemente ¿qué nos distingue de un gusano? En la época no podía saberse. El dice: es como si Dios hubiese marcado, en ciertas almas sensitivas, un acto, acto por el que ellas irían a acceder a la razón, etc... en fin, ese es el Leibniz que más nos conmueve. Me detengo sobre eso. Cuando morimos, nosotros volvemos a un alma sensitiva que hace parte de la materia segunda. 

Queda por hacer un pequeño esfuerzo... fin de la cinta ... lo que él llama muy frecuentemente las formas sustanciales. Todas las formas sustanciales, no cesan de ir y volver. ¿Por qué? En virtud de la ley del primer piso. La ley del primer piso, si ustedes recuerdan: la interacción universal de los cuerpos. Nuestro cuerpo no cesa de cambiar de partes, y no solo no cesa de cambiar de órganos, sino que por lo mismo no deja de cambiar de pequeñas almas, es decir de formas sustanciales, puesto que las formas sustanciales o las pequeñas almas son estrictamente inseparables de los órganos. Lo que quiere decir algo muy simple: ustedes tienen un alma de su corazón, tienen su alma en ustedes, ustedes tienen un alma, pero ustedes tienen un alma de su corazón, tienen un alma de su brazo, tienen un alma de todo eso, tienen millones y millones de almas, pero ellas cambian permanentemente al mismo tiempo que las partes de su organismo, eso no deja de cambiar. Leibniz encuentra una metáfora más bella que el río de Heráclito para decir que todo cambia, dice: es como el buque de Teseo, el buque de Teseo que los griegos siempre reparan, siempre un agujero, eso quiere decir que en todo cuerpo los átomos cambian permanentemente. 

Pregunta: inaudible... sobre las infinitas muertes parciales. 

Deleuze: Completamente. No es difícil, calcular una muerte parcial en Leibniz, y al mismo tiempo en él no hay muerte total. Tomen un organismo, tomen su organismo, y esto es lo que ustedes hacen: todas las partes de ese organismo y todas las almas de ese organismo no van al mismo tiempo. Entonces, ustedes tienen un primer tiempo, en el momento b, pongamos que la región a' ha subsistido y la región a´´ ha desaparecido, y a cada paso. Y ustedes se preguntan, con relación al momento en que ustedes han iniciado, ¿en qué momento todas las partes son renovadas? Pero en ese momento esto no impide que, con relación al momento precedente , un cierto número de partes, o más bien de partes innumerables, permanezcan. Podríamos llamar período de un organismo a la distancia de tiempo, a la diferencia de tiempo para renovar completamente las partes y almas del organismo, una vez dicho que no se da de golpe, que nunca se da de un golpe y que, más bien, nunca hay el momento en que todo se renueva. Parto del momento a, en el momento b puedo decir, digo cualquier cosa, diez moléculas se han ido, en el momento c, veinte moléculas se han ido, pero las nuevas diez que han llegado, duran. Entonces es un período. Veo su ojo apagado y abatido... se entiende. Su periodo no coincide con una desaparición o un nacimiento total. Está siempre a caballo con una parte que permanece y una parte que se va. Pero entonces como conjugar a la vez: es mi cuerpo y no deja de irse. Y Leibniz tiene finalmente mucha dificultad. Y si intento resumir, vuelvo sobre algo que había comenzado a decir la vez pasada, si, él necesita sostener las siguientes dos cosas: lo que define un cuerpo, con sus fugas y sus llegadas, con sus nuevos suministros y sus nuevas partidas, lo que definirá un cuerpo como mío, perdónenme la expresión, es una costura. Una especie de costura o un nudo, un lazo, lo que Leibniz llamará el vinculum. Lo que corresponde a mi mónada dominante es un vinculum que reúne a las mónadas dominadas, y los órganos. 

¿Cómo concebía ese vinculum? ese vinculum, dice, es sustancial, es decir depende directamente de la sustancia. Me pertenece a mi, mónada dominante. Eso está en las cartas a Des Bosse, los textos allí son muy difíciles, aunque han sido muy bien interpretados, de una parte por Bellaval en su Introducción al pensamiento de Leibniz, y de otra parte por un filósofo llamado Christine Frémont que ha publicado las cartas a Des bosse. Pero eso no impide que el texto sea verdaderamente muy difícil. Me parece que el vinculum me pertenece a mi como mónada dominante, sobre todos los órganos y mónadas dominadas que componen mi organismo, y que van y vienen, es decir llegan y se van, no dependen del vinculum. Me pertenecen en tanto entran, pero ellas salen y toman otro vinculum, o mejor aún no toman ningún vinculum, y eso es lo que acarreará la interacción universal de los cuerpos. Intentamos ver, pero todo esto es muy difícil. Intento hacer una clasificación. Se me dirá que todo eso está muy bien, pero que intente hacer una clasificación de las grandes categorías de las que acaba de hablar. 

Yo diría: 

Primero: acontecimientos, singularidades intrínsecas, inflexiones. 

Segundo: mónadas, fuerzas primitivas activas que expresan el mundo o pliegan los acontecimientos; es la actualidad del mundo. 

Tercero: las mónadas no solo tienen una fuerza activa primitiva, sino una fuerza pasiva primitiva, es su finitud, o su materia primera, en función de la cual expresan solo una porción finita del mundo. Expresan claramente solo una porción finita del mundo. 

Cuarto: si solo expreso una porción finita del mundo, tengo un cuerpo, lo que quiere decir: si tengo una materia primera, ella expresa una exigencia: exigencia de tener un cuerpo. 

Quinto: el cuerpo es la tercera forma del infinito, el conjunto actualmente infinito de partes infinitamente pequeñas no numerables. A este título es materia segunda y permanece inseparable de una infinidad de mónadas derivadas, de sub-mónadas o formas sustanciales, que son las almas dominadas con relación a mi alma dominante. Es claro. 

Sexto: dos aspectos: la materia segunda me pertenece, pertenece a mi mónada en tanto que ella entra bajo el vinculum, la cadena, la cadena sustancial que me pertenece o me caracteriza. Aquí me apoyo principalmente sobre un texto a Des brosse: el vinculum esta fijado a la mónada dominante. De otra parte los mismos, es decir las partes orgánicas y las mónadas dominadas van y vuelven incesantemente, como la nave de Teseo, según que cambien de vinculum, pasan bajo otra mónada, o se liberan de todo vinculum. 

Séptimo: de todas maneras nos encontraremos pues en la muerte, y hay ahí un problema, él no quiere - ha hecho ya una bella teoría de la condenación- no quiere regir al uno con el otro, el problema de la muerte y el problema del organismo, creo. Cuando morimos perdemos nuestra alma razonable que vuelve a ser un alma sensitiva, entonces pierde su vinculum. ¿Pierde su vinculum? si pierde su vinculum, todo está perdido: ¿cómo reconocerá el cuerpo que le pertenecía? Ustedes darán cuenta del problema, es terrible (risas de Deleuze). Afortunadamente tenemos ese extraño texto: antes de que nosotros seamos llamados a devenir razonables, y una vez muertos, cuando dejamos de ser razonables, hay esta cosa rara: el llamado celestial. Mi alma se ha vuelto animal, pero contiene el llamado celestial, a mi manera de ver es la única manera para que Dios reconozca a los suyos, sino no puede reconocer a los suyos. A menos que haga intervenir un misterio, y como lo dice en la correspondencia con Des brosse, es el misterio de la transubstanciación: "aquí está mi cuerpo, aquí está mi sangre". Es un ejemplo en el que las mónadas, las mónadas dominadas son las mónadas del cuerpo y de la sangre de Cristo, y después las mónadas del pan y del vino que entran en una muy extraña relación. Poco importa, se hizo lo que se pudo. 

Ultimo punto: ustedes comprenden... lo que ustedes deberían comprender, si nuestro programa del inicio de año se ha cumplido al menos un poco, a saber: el alma esta llena de pliegues que ella despliega parcialmente. Esta era la primera proposición barroca: los pliegues en el alma, ella los despliega parcialmente, lo hemos visto para las operaciones de búsqueda de la verdad, etc. 

Segunda proposición: la materia está llena de repliegues y es el otro piso. La materia está llena de repliegues que abrigan, liberan, y hacen circular los infinitos de partes actuales y los infinitos de mónadas dominadas inseparables de las partes actuales. 

Arriba, en los acontecimientos están las singularidades. Abajo, si tenemos el tiempo, veremos que en la física de Leibniz, se va a desarrollar una física de los extremos, de los mínima y los máxima, y en efecto, en ciertas condiciones, que son las del mundo físico, los puntos singulares (sería necesario poder abordar la física) devenían los mínima y los máxima, los extrema. ¿Qué hay entre los dos? Está trazada esta historia del organismo, toda esta historia del vitalismo que nos hace pasar perpetuamente de un piso a otro. 

¿Qué podemos concluir? 

Pregunta: Esto me hace pensar en Bergson, esto nos hace comprender el problema de la diferencia entre las multiplicidades cualitativas y cuantitativas. Podríamos decir que la multiplicidad cualitativa está en el cruzamiento entre dos líneas infinitas. Tomo un ejemplo: lo que me interesa es llegar al espacio, en fin a lo extenso, bajo el orden simplemente de algo puramente cualitativo. ¿Se podría decir que un espacio calificado, algo que da lugar, está en el cruzamiento de dos infinitos, un infinito que es el del cuerpo en movimiento, el infinito de las pequeñas partes actuales, y la otra línea infinita que sería la luz que es un innumerable? 

Deleuze: Si... prefiero la manera en que terminas que la manera en que comienzas, porque eres sensible tanto como yo, al peligro de hacer aproximaciones. Respecto al problema de las multiplicidades que es un problema fundamental, se puede decir esto, a grosso modo, Bergson llega en un momento crucial de la teoría de las multiplicidades e intentará un golpe para hacerlas salir del estadío de las matemáticas. Hay dos autores que hacen simultáneamente esta tentativa para hacer salir la multiplicidad del simple estadio de la teoría de las matemáticas y para introducirla en la filosofía, son Husserl y Bergson. Este es un punto. Lo que interesa a Bergson es un punto particular: la relación entre las multiplicidades discretas y las multiplicidades continuas. Bueno. ¿Se interesa por el problema de lo uno y de lo múltiple? Si puesto que, una vez más, él no tiene uno y múltiple, solo tiene multiplicidades, y por esto es profundamente moderno. El no tiene uno y múltiple, la cuestión de lo uno y lo múltiple ya no se plantea en filosofía, etc. Yo diría para Leibniz, para evitar confusiones, hay algo que falta en Bergson y que está en Leibniz, y algo que falta en Leibniz y que está en Bergson, por eso es tan bella la filosofía. Lo que falta en Leibniz es la supresión del problema de lo uno y lo múltiple, él continuará pensando, es un hombre del siglo XVII, continuará pensando en términos de uno y de múltiple. Más aún, su concepción de la armonía, hay tienes relaciones múltiples-múltiples, pero las relaciones múltiples-múltiples están fundamentalmente marcadas sobre relaciones múltiples-partes, en Leibniz. Al contrario, tienes en Leibniz una tentativa y una exploración de los tipos de multiplicidades en todos los sentidos que no corresponden a la situación bergsoniana. Entonces si intento los tres más simples, ya no de los múltiples tres infinitos, solo tiene dos, tiene la multiplicidad de las mónadas y la multiplicidad de los cuerpos. Entonces es maravilloso porque nos das nuestro fin: considerar lo que Leibniz llama armonía, ¿Qué es lo que llama armonía? Lo que él llama armonía son dos cosas: todas las mónadas expresan el mismo mundo, pero ese mundo solo existe en las mónadas; ellas están sin puerta ni ventana, no tienen comunicación, no tienen acción la una sobre la otra. Cada mónada solo tiene acciones internas, cada mónada actúa sobre sí misma, con relación a sus predicados, ninguna mónada actúa sobre otra. Están cerradas, simplemente expresan el mismo mundo. Se diría que entre las mónadas no hay ninguna acción directa, pero hay una armonía. Es necesario que expresen el mismo mundo, una vez dicho que ese mundo no existe fuera de ellas, eso será exactamente la armonía. No habría armonía si ellas expresarán un mundo que existiera fuera de ellas. Si se supone un mundo que existe entre todos nosotros y que está en armonía, no hay problema, lo que yo veo de cara tu lo ves de espalda, y un punto es todo. Pero no es así. El mundo no existe fuera de las mónadas, entonces para que sea el mismo mundo es necesario que las mónadas estén en armonía las unas con las otras. Como él lo dice: es una prueba de la existencia de Dios. Si no hubiese Dios estaría excluido que ustedes expresaran el mismo mundo, o entonces sería necesario que el mundo común existiera realmente. Pero si es verdad que el mundo es únicamente la virtualidad que solo adquiere actualidad en cada mónada que lo expresa, el mundo no es otra cosa que la armonía pre-establecida de las mónadas entre ellas. Es como si Dios hubiese ordenado de los péndulos las unas sobre las otras, es lo que dice con la gran metáfora del péndulo, como si Dios hubiese ordenado los péndulos unos sobre otros, ¿comprenden el contra-sentido abominable que sería creer que eso quiere decir: todo el mundo está a la misma hora? eso quiere decir, al contrario que cuando yo, yo estoy en una hora cinco, hay alguien que está en la hora diez, y que entre las dos fuerzas de expresión se conecta algo. Esa es la armonía pre-establecida de las sustancias entre sí o de las mónadas. ¿Comprenden?, eso es esencial. 

Yo no se que decirles para que sea concreto: me voy, ustedes permanecen. Si hay un agujero, es como un espejismo, y si no hay nada en ese agujero del universo, no hay armonía pre-establecida. Es necesario que haya conexión entre lo que termina en una mónada y lo que comienza en otra. Ahora bien, la conexión no es directa puesto que las mónadas no actúan las unas sobre las otras. Entonces hay armonía pre-establecida de las mónadas entre sí. Todas desenrollan el mismo mundo, aún si no comunican las unas con las otras, si bien ninguna comunica con las otras. 

Pero entonces, un último esfuerzo... último esfuerzo... es Leibniz a paso de carga... último esfuerzo, eso me hace pensar en la visita del lobo a paso de carga en Godard. Ultimo esfuerzo y se está ahí. 

¿Qué es mi cuerpo sino la sombra que ustedes me hacen? ¿en tanto que qué la armonía pre-establecida es de golpe la armonía pre-establecida de las almas y de los cuerpos? No solo sería una insuficiencia en tanto que, no solo obedecen a leyes diferentes, ante todo en tanto que tienen capturas diferentes. De ahí, y este es uno de los puntos fundamentales de Leibniz, la crítica que hace de ciertos discípulos de Descartes, es decir de Malebranche y otros cartesianos. Vamos rápido, rápido. Digo: al menos hay algo curioso en nuestra reflexión, es que frecuentemente se nos dice que la filosofía se ocupa de las causas y que la ciencia ha impuesto la única idea que era verdaderamente científica y que era la de las leyes. Ahora bien, eso no es verdad, esas son cosas que no hay que creer. La noción de ley se constituye en el siglo XVII, y se constituye en los sistemas más teológicos del mundo. En Auguste Comte hay algo que no funciona cuando él dice que la causa es de la metafísica, quiere decir otra cosa, pero no es nada. Comte, tomado literalmente, es catastrófico, él no necesita decir que la causa es de la metafísica y la ciencia llega con la idea de ley. Pues quienes primero han descubierto y han constituido un verdadero concepto de ley son los cartesianos, ¿por qué? Porque siendo Dios solo causa, la naturaleza está regida por las leyes. Son ellos los que construyen un concepto de ley definido esencialmente por la generalidad y, voy rápido, principalmente por la generalidad, y así distinguen el milagro y la ley. El milagro remite a las voluntades particulares de Dios, y la ley remite a las voluntades generales de Dios. Dios opera por voluntad general, esa será toda la teoría de Malebranche llamada ocasionalismo. Poco importa. 

Esta es la objeción de Leibniz. No quiero decir que tenga razón, porque es una gran discusión entre los dos, entre Malebranche y Leibniz, y la objeción de Leibniz me parece espléndida, dice: de acuerdo, todo lo que usted quiera, Dios opera por leyes generales, con una condición: es que los cuerpos o las almas... fin de la cinta... Leibniz ha sabido mostrarnos que había una interioridad en el cuerpo, y que la interioridad en el cuerpo era la fuerza. Y Malebranche está muy molesto puesto que la fuerza en el sentido de fuerza motriz, o trabajo, era una cosa que Malebranche o Descartes no conocían. Entonces podían concebir una concepción del cuerpo en función de la exterioridad, pero llega Leibniz y dice, pero en virtud de la ciencia moderna, y es el tema de Leibniz, les dirá finalmente: no tengo simplemente que señalarles a ustedes a Aristóteles, no tengo que volver a apoyarme en las patas de Aristóteles mientras ustedes creen haber terminado con Aristóteles, sino a nombre de la ciencia moderna, dice, y yo se los vuelvo a decir a ustedes: no creo que la naturaleza haya perdido toda interioridad. Para que un cuerpo observe una ley, es necesario que haya en la naturaleza una interioridad que vuelva posible y necesaria esta observación. ¿Qué quiere decir esto? El agua hierve a 100 grados, de acuerdo, ustedes no tienen nada que decir, ustedes estarán contentos con un discurso extrínseco, como dice él, si ustedes no encuentran una naturaleza interior al agua, ¿por qué esos 100 grados? ¿por qué lo que llaman "ocasión" vuelve precisamente posible esta transformación? Ustedes me dirán porque, pero la ciencia ha renunciado a eso desde hace mucho tiempo. No del todo. Hay toda una serie de caminos de transformación de estados, y todo esto los arrastra hacía una física cualitativa que estaba presente en Aristóteles, que Descartes había superado completamente, y que Leibniz reconstituye como nueva física, y esto no es del todo un "retorno a Aristóteles", pero es retomar a Aristóteles bajo nuevos datos. 

La armonía pre-establecida será una parte de la armonía de las mónadas entre sí, la armonía de las almas entre sí, de otra parte la armonía de las almas con los cuerpos, es decir que los cuerpos mismos implican una interioridad que los pone en armonía con la interioridad de las almas. No basta que los cuerpos estén regidos por un régimen de interacción, es necesaria también una interioridad dinámica, una fuerza de los cuerpos que esté en una relación armónica con las almas como fuerzas primitivas; las fuerzas de los cuerpos en relación armónica y que sin embargo son las fuerzas de los cuerpos. Trabajo, acción motriz, son lo que él llamará fuerzas derivativas, distinguiéndolas de las fuerzas de las almas que son las fuerzas primitivas. 

Entonces, la próxima vez, esto es lo que quiero que hagamos, este punto preciso de la armonía: ¿Cómo tenía Leibniz necesidad de un concepto como el de armonía para hacernos comprender todo esto?, y la pregunta: ¿el concepto de armonía debe algo, entonces, a la música? No olviden el tema de la armonía, eso debe guiarlos. Yo, lo que me propongo es que en todos los sentidos de la armonía tal como acabamos de verlo, en todos los sentidos en Leibniz, la armonía se presentará bajo este doble aspecto: primero, lo expresado no existe fuera del expresante, y veremos que conviene para cada estadío. Segundo, el expresante solo existe bajo una correspondencia ordenada con lo expresado. En ese momento comienza una especie de música barroca que acompaña a la filosofía barroca. 

Les agradezco y hasta la próxima semana.
  

sábado, abril 04, 2009

Curso de los martes - Spinoza (25/11/80) "De Dios"

Es muy curioso hasta que punto la filosofía, hasta finales del siglo XVII, finalmente nos habla todo el tiempo de Dios. Y después de todo, Spinoza, judío excomulgado, no es el último en hablarnos de Dios. Y el primer libro de su gran obra, la Ética, se llama "De Dios". Y todos, sea Descartes, Mallebranche, Leibniz, se tiene la impresión de que la frontera entre la filosofía y la teología es extremadamente vaga 

¿Por qué la filosofía está totalmente comprometida con Dios? Y lo está hasta el golpe revolucionario de los filósofos del siglo dieciocho. ¿Es un compromiso o algo un poco más puro? Podríamos decir que el pensamiento, hasta finales del siglo XVII, debe tener muy en cuenta las exigencias de la Iglesia, entonces está forzado a tener en cuenta muchos temas religiosos. Pero sentimos muy bien, que es demasiado fácil; podríamos igualmente decir que, hasta esa época, mantiene su suerte ligada a la del sentimiento religioso.
Retomo una analogía con la pintura porque es verdad que la pintura está penetrada por las imágenes de Dios. Mi pregunta es: ¿Basta decir qué es una coacción inevitable en esa época? Hay dos respuestas posibles. La primera es que sí, es una coacción inevitable en la época y que remite a las condiciones del arte en esa época. O bien decir, un poco más positivamente, que es porque hay un sentimiento religioso al cual el pintor, y más aún la pintura, no escapan. El filósofo y la filosofía tampoco escapan a él. ¿Eso basta? No podríamos hacer otra hipótesis, a saber, que la pintura en esa época tiene tanto más necesidad de Dios, que lo divino, lejos de ser una coacción para el pintor, es el lugar de su máxima emancipación. En otros términos, con Dios puede hacerse cualquier cosa, puede hacerse lo que no podría hacerse con los humanos, con las criaturas. Dios está, pues, investido directamente por la pintura, por una especie de flujo de pintura y, a ese nivel, la pintura va a encontrar una especie de libertad por su cuenta, libertad que nunca habría encontrado de otra forma. En el límite no hay oposición entre pintor más piadoso y él mismo en tanto hace pintura y, de cierta manera es el más impío, porque la manera en que la pintura inviste lo divino es una manera que no es otra cosa que pictórica, y donde la pintura solo encuentra las condiciones de su emancipación radical. 

Doy tres ejemplos: "... el Greco..." Esta creación, solo puede obtenerla a partir de las figuras del cristianismo. Entonces es verdad que, a cierto nivel, se ejercían sobre ellos coacciones, y a otro nivel el artista es el que -Bergson decía esto de lo viviente, decía que lo viviente es lo que vuelve a los obstáculos medios-, vuelve los obstáculos medios, esta sería una buena definición de artista. Es verdad que hay coacciones de la Iglesia que se ejercen sobre el pintor, pero hay transformación de las coacciones en medios de creación. Se sirven de Dios para obtener una liberación de las formas, para llevar a las formas hasta un punto en el que, entonces, las formas no tienen nada que ver con la ilustración. Las formas se desencadenan. Se lanzan en una especie de Sabbat, una danza muy pura, las líneas y los colores pierden toda necesidad de ser verosímiles, de ser exactas, de parecerse a algo. Una gran liberación de las líneas y los colores en favor de esta apariencia: la subordinación de la pintura a las exigencias del cristianismo 

Otro ejemplo... una creación del mundo... El antiguo testamento les sirve a una especie de liberación de los movimientos, una liberación de las formas, de las líneas y los colores. Si bien, en cierto sentido, el ateísmo nunca ha sido exterior a la religión: el ateísmo es la potencia artista que trabaja la religión. Con Dios, todo esta permitido. Tengo el vivo sentimiento de que para la filosofía ha sido exactamente la misma cosa, y que si los filósofos nos han hablado tanto de Dios - y ellos podrían muy bien ser cristianos o creyentes -, no lo hacían sin una intensa risa. No una risa de incrédulo, sino una alegría del trabajo que estaban haciendo 

Al igual que he dicho que Dios y Cristo han sido para la pintura una extraordinaria ocasión de liberar las líneas, los colores y los movimientos de las coacciones de la semejanza, igualmente para la filosofía Dios y el tema de Dios ha sido la ocasión irremplazable de liberar lo que es el objeto de la creación en filosofía, - es decir los conceptos -, de las coacciones que se le habían impuesto... la simple representación de las cosas.
El concepto es liberado al nivel de Dios por que ya no tiene por tarea representar algo; deviene en ese momento una presencia. Para hablar en analogía, toma las líneas, los colores, los movimientos que no habría podido tomar sin ese retorno a Dios. Es verdad que los filósofos sufren las coacciones de la teología, pero en condiciones tales que, de esta coacción, van a hacer un medio de creación fantástico, a saber van a arrancarle una liberación del concepto sin que nadie lo sospeche. Salvo en el caso en que un filósofo es demasiado radical o va demasiado lejos. ¿Quizás es el caso de Spinoza? 

Desde el inicio, Spinoza se coloca en las condiciones en las que eso que nos dice no tenía nada a representar. He aquí que eso que Spinoza va a llamar Dios, en el libro primero de la "Ética", va a ser la cosa mas extraña del mundo. Eso va a ser el concepto en tanto que el reúne el conjunto de todas esas posibilidades... A través del concepto filosófico de Dios se hace -y eso solo podía hacerse a ese nivel-, se hace la más extraña creación de la filosofía como sistema de conceptos. 

Lo que los pintores, lo que los filósofos han hecho sufrir a Dios representado es, o bien la pintura como pasión, o bien la filosofía como pasión. Los pintores hacen sufrir una nueva pasión al cuerpo de Cristo: ellos lo recogen, lo contraen... La perspectiva es liberada de toda coacción a representar algo, y es lo mismo para los filósofos. 

Tomo el ejemplo de Leibniz. Leibniz recomienza la creación del mundo. El pregunta cómo Dios crea el mundo. Retoma el problema clásico: cuál es el papel del entendimiento de Dios y de la voluntad de Dios en la creación del mundo. 

Supongamos que lo que Leibniz nos cuenta es esto: Dios tiene un entendimiento, seguramente un entendimiento infinito. No se parece al nuestro. La palabra "entendimiento" sería equivoca. Solo tendría un sentido puesto que el entendimiento infinito no es absolutamente la misma cosa que nuestro entendimiento que es un entendimiento finito. En el entendimiento infinito ¿qué pasa? Antes de que Dios cree el mundo, hay un entendimiento, pero no hay nada, no hay mundo. No, dice Leibniz, pero hay posibles. Hay posibles en el entendimiento de Dios, y todos esos posibles tienden a la existencia. He aquí que la esencia es, para Leibniz, una tendencia a la existencia, una posibilidad que tiende a la existencia. Todos esos posibles pesan de acuerdo a su cantidad de perfección. El entendimiento de Dios deviene una especie de envoltura en la que todos los posibles descienden y se tropiezan. Todos quieren pasar a la existencia. Pero Leibniz nos dice que eso no es posible, todos no pueden pasar a la existencia. ¿Por qué? Porque cada uno por su cuenta podría pasar a la existencia, pero todos no forman combinaciones compatibles. Hay incompatibilidades desde el punto de vista de la existencia. Tal posible no puede ser composible con tal otro composible. 

He ahí el segundo estadio: él esta creando una relación lógica de un tipo completamente nuevo: no hay solamente posibilidades, hay también problemas de composibilidad. 

¿Un posible es composible con tal otro posible? 

Entonces, ¿cuál es el conjunto de posibles que pasará a la existencia? Solo pasará a la existencia el conjunto de posibles que, por su cuenta, tenga la más grande cantidad de perfección. Los otros serán rechazados. 

La voluntad de Dios elige el mejor de los mundos posibles. Es un extraordinario descenso para la creación del mundo, y, en favor de este descenso, Leibniz crea todo tipo de conceptos. No se puede decir que esos conceptos sean representativos puesto que preceden a las cosas a representar. Y Leibniz lanza su celebre metáfora: Dios crea el mundo como se juega al ajedrez, se trata de elegir la mejor combinación. 

Y el cálculo de ajedrez va a dominar la visión leibniziana del entendimiento divino. 

Una creación extraordinaria de conceptos encuentra en el tema de Dios la condición misma de su libertad y de su liberación. Una vez más, al igual que el pintor debe servirse de Dios para que las líneas, los colores y los movimientos no estén obligados a representar algo existente, la filosofía se sirve de Dios, en esa época, para que los conceptos no estén obligados a representar algo preexistente, algo dado. No se trata de preguntarse lo que representa un concepto. Hay que preguntarse cual es su lugar en un conjunto de otros conceptos. En gran parte de los grandes filósofos, los conceptos que crean son inseparables, y están cogidos en verdaderas secuencias. Y si no se comprende la secuencia de la que hace parte el concepto, no se puede comprender el concepto. Empleo el término de secuencia porque hago una especie de paralelo con la pintura. Si es verdad que la unidad constituyente del cine es la secuencia, creo que, se podrían decir las mismas cosas del concepto y de la filosofía. 

Al nivel del problema del ser y de lo uno, es verdad que los filósofos en su tentativa de creación conceptual sobre las relaciones del ser y de lo uno, van a restablecer una secuencia. A mi modo de ver, las primeras grandes secuencias en la filosofía, al nivel de los conceptos, las hace Platón en la segunda parte del Parmenides. Hay, en efecto dos secuencias. La segunda parte del Parmenides esta hecha de siete hipótesis. Esas siete hipótesis se dividen en dos grupos: tres hipótesis al inicio, cuatro hipótesis siguientes. Dos secuencias. 

Primer tiempo: supongamos que lo Uno es superior al ser, lo Uno esta por encima del ser.
Segundo tiempo: lo Uno es igual al ser. Tercer tiempo: lo Uno es inferior al ser, y deriva del ser. 

Nunca diremos que un filósofo se contradice; preguntaremos ¿tal página, en que secuencia meterla, a que nivel de la secuencia? Y es evidente que lo Uno del que Platón nos habla, no es el mismo según que se situé al nivel de la primera, de la segunda o de la tercera hipótesis. 

Un discípulo de Platón, Plotino, a un cierto nivel nos habla de lo Uno como origen radical del ser. Ahí, el ser sale de lo Uno. Lo Uno hace ser, entonces no es, es superior al ser. Este sera el lenguaje de la pura emanación: lo Uno emana del ser. Es decir que lo Uno no sale de sí para producir el Ser, porque si el saliera de sí devendría Dos, pero el ser sale del Uno. Esta es la formula misma de la causa emanativa. Pero cuando se instala al nivel del ser, el mismo Plotino va a hablarnos en términos esplendidos y en términos líricos del Ser que contiene todos los seres, el Ser que comprende todos los seres. Lanza una serie de fórmulas que tendrán una gran importancia sobre toda la filosofía del renacimiento. Dirá que el Ser complica a todos los seres. Es una fórmula admirable. ¿por qué el Ser complica a todos los seres? Porque cada ser explica el Ser. Habría un doblete: complicar, explicar. 

Cada cosa explica el Ser, pero el Ser complica todas las cosas, es decir las comprende en sí. Entonces en esas páginas de Plotino, ya no es la emanación. Ustedes dirían que la secuencia ha evolucionado: él va a hablarnos de una causa inmanente. Y, en efecto, el Ser se comporta como una causa inmanente con relación a los seres, pero al mismo tiempo lo Uno se comporta con relación al Ser como una causa emanativa. Y si se desciende más, se vera en Plotino, que, sin embargo, no es cristiano, algo que se parece mucho a una causa creativa. 

De cierta manera, si no tenemos en cuenta las secuencias, no sabremos muy bien de que se nos habla. A menos que haya filósofos que destruyan las secuencias porque quieren hacer otra cosa. Una secuencia conceptual sería el equivalente de los matices en pintura. Un concepto cambia de tono, o, en el límite un concepto cambia de timbre. Habría timbres, tonalidades. Hasta Spinoza la filosofía ha, esencialmente, funcionado por secuencias. Y en esta vía los matices concernientes a la causalidad han sido muy importantes. ¿La causalidad original, la causa primera es emanativa, inmanente, creativa o aún otra cosa? Si bien la causa inmanente estaba presente todo el tiempo en la filosofía, siempre lo estaba como tema que no iba hasta el límite de sí mismo. 

¿Por qué? Porque era sin duda el tema más peligroso. Que Dios sea tratado como causa emanativa, esta bien porque todavía hay distinción entre causa y efecto. Pero como causa inmanente de tal manera que ya no se sepa muy bien como distinguir la causa y el efecto, es decir Dios y la criatura misma, eso se vuelve demasiado difícil. 

La inmanencia era ante todo el peligro. La idea de una causa inmanente aparece constantemente en la historia de la filosofía, pero como refrenada, mantenida a tal nivel de la secuencia, no teniendo valor y debiendo ser corregida en los otros momentos de la secuencia, y la acusación de inmanentista ha sido, para toda la historia de las herejías, la acusación fundamental: usted confunde a Dios y a la criatura. Acusación que no perdona. Entonces, la causa inmanente estaba ahí constantemente, pero no llegada ha hacerse un estatuto. Solo tenía un pequeño lugar en la secuencia de los conceptos. 

Llega Spinoza. Él ha sido precedido sin duda por todos los que tenían más o menos audacia en lo concerniente a la causa inmanente, es decir esta causa rara tal que, no solo ella permanecía en sí para producir, sino que el producto permanecía en ella. Dios y su mundo, el mundo esta en Dios. En la "Ética", creo que la Ética esta construida sobre una primera gran proposición que se podría llamar la proposición especulativa o teórica. La proposición especulativa de Spinoza es: solo hay una substancia absolutamente infinita, es decir poseyendo todos los atributos, y lo que se llaman criaturas, no son las criaturas, sino los modos o las maneras de ser de esa substancia. Entonces una sola substancia teniendo todos los atributos y de la que los productos son los modos, las maneras de ser. Desde ese momento si son las maneras de ser de la substancia teniendo todos los atributos, esos modos existen en los atributos de la substancia. Están atrapados en esos atributos.

Todas las consecuencias aparecen inmediatamente. No hay jerarquía en los atributos de Dios, de la substancia. ¿Por qué? Si la substancia posee igualmente todos los atributos entonces no tiene jerarquía entre los atributos, uno no vale más que otro. En otros términos, si el pensamiento es un atributo de Dios y si lo extenso es un atributo de Dios o de la substancia, entre el pensamiento o lo extenso no habrá ninguna jerarquía. Todos los atributos tendrán el mismo valor desde el momento en que son atribuidos a la substancia. Todavía estamos en lo abstracto. Esta es la figura especulativa de la inmanencia. 

Saco algunas conclusiones. Es eso lo que Spinoza va a llamar Dios. Llama a eso Dios puesto que es absolutamente infinito. ¿Qué representa eso? Es muy curioso. Que se pueda vivir así. Saco dos consecuencias. Primera consecuencia: él osa hacer lo que muchos han envidiado hacer, a saber liberar completamente la causa inmanente de toda subordinación a otros procesos de causalidad. Solo hay una causa, ella es inmanente. Y eso tiene una influencia sobre la práctica. Spinoza no titula su libro Ontología, es demasiado astuto para eso, lo titula Ética. Lo que es una manera de decir que, cualquiera que sea la importancia de mis proposiciones especulativas, solo podrán juzgarlas a nivel de la ética que ellas envuelven o implican. Libera completamente la causa inmanente con la cual los judíos, los cristianos, los heréticos había jugado mucho hasta ese momento, pero al interior de secuencias muy precisas de conceptos. Spinoza la arranca de toda secuencia y hace un golpe de mano a nivel de los conceptos. . Ya no tiene secuencia. Por el hecho de extraer la causalidad inmanente de la secuencia de las grandes causas, de las causas primeras, por el hecho de que tiene todo aplanado sobre una substancia absolutamente infinita que comprende a todas las cosas como sus modos, que posee todos los atributos y que comprende todas las cosas como sus modos, él sustituye la secuencia por un verdadero plano inmanente. Es una revolución conceptual extraordinaria: en Spinoza todo pasa como sobre un plano fijo. Un extraordinario plano fijo que no va a ser del todo un plano de inmovilidad puesto que todas las cosas van a moverse, -y para Spinoza solo cuenta el movimiento de las cosas-, sobre ese plano fijo. Inventa un plano fijo. 

La proposición especulativa de Spinoza es esta: arrancar el concepto al estado de las variaciones de secuencias y proyectarlo todo sobre el plano fijo que es el de la inmanencia. Eso implica una técnica extraordinaria. 

También es un cierto modo de vida; vivir en un plano fijo. Ya no vivo según secuencias variables. Entonces, vivir sobre un plano fijo, ¿Qué sería? Spinoza pule sus lentes, ha abandonado todo, su herencia, su religión, todo éxito social. No hace nada y antes de que haya escrito lo que sea se lo injuria, se lo denuncia. Spinoza, es el ateo, el abominable. Prácticamente no puede publicar. Escribe cartas. No quería ser profesor. En el Tratado político concibe que el profesorado sería una actividad benévola y que, más bien, habría que pagar por enseñar. Los profesores enseñarían arriesgando su fortuna y su reputación. Ese sería un verdadero profesor público. Spinoza esta relacionado con un gran grupo colegiado, les envía la "Ética" a medida que la escribe, y ellos se explican a sí mismos los textos de Spinoza, y le escriben a Spinoza que responde. Son gente muy inteligente. Esta correspondencia es esencial. Tiene su pequeña red. Se salva gracias a la protección de los hermanos De Witt, pues es denunciado por todas partes. 

Es como si él inventara el plano fijo al nivel de los conceptos. A mi modo de ver es la tentativa más fundamental para dar un estatuto a la univocidad del ser, un ser absolutamente unívoco. El ser unívoco es precisamente lo que Spinoza define como siendo la substancia teniendo todos los atributos iguales, teniendo todas las cosas como modos. El ente son los modos de la substancia. La substancia absolutamente infinita es el Ser en tanto que Ser, los atributos todos iguales los unos a los otros son la esencia del ser y ahí tenemos esta especie de plano sobre el cual todo vuelve a caer y donde todo se inscribe.
Ningún filósofo ha sido tratado por los lectores como lo ha sido Spinoza, a Dios gracias. Spinoza ha sido uno de los autores fundamentales, por ejemplo, para el romanticismo alemán. Ahora bien, aún los autores más cultivados nos dicen algo muy curioso. Dicen a la vez que la Ética es la obra que nos presenta la totalidad más sistemática, es el sistema llevado al infinito, el ser unívoco, el ser que se dice en un solo sentido. Es la punta extrema del sistema. La totalidad más absoluta. Y al mismo tiempo, cuando se lee la "Ética", se tiene siempre el sentimiento de que no se llega a comprender el conjunto. El conjunto se nos escapa. No somos tan veloces como para retener el conjunto. Hay una página muy bella de Goethe donde dice que ha leído diez veces la misma cosa y que nunca comprende el conjunto, y cada vez que lo leo comprendo otro fragmento. Spinoza es el filósofo que tiene uno de los aparatos de concepto más sistemáticos de toda la filosofía. Y sin embargo, tenemos la impresión, nosotros lectores, de que el conjunto se nos escapa y que nos reducimos a ser cogidos por tal o cual fragmento. Estamos verdaderamente cogidos por tal o tal otra parte. A otro nivel él es el filósofo que lleva el sistema de los conceptos lo más lejos, de ahí que exija una gran cultura filosófica. El inicio de la Ética comienza por las definiciones: de la substancia, de la esencia, etc... Eso remite a toda la escolástica y al mismo tiempo no hay filósofo que como él pueda ser leido sin saber nada. Y él mantiene las dos. Vamos entonces a comprender este misterio. Delbos dice de Spinoza que es un gran viento que nos arrastra. Eso va muy bien con mi historia del plano fijo. Pocos filósofos han merecido alcanzar el estatuto de un gran viento calmado. Y los miserables, los pobres tipos que leen a Spinoza comparan eso con ráfagas que nos sorprenden. ¿Cómo conciliar el que haya una lectura analfabeta y una comprensión analfabeta de Spinoza, con el hecho de que Spinoza sea uno de los filósofos que ha, una vez más, constituido el aparato de concepto mas minucioso del mundo? Hay un logro al nivel del lenguaje. 

La Ética es un libro que Spinoza considera como acabado. No publica su libro pues sabe que si lo publica, se encontrará en prisión. Todo el mundo le cae encima, él no tiene protector. Las cosas van mal para él. Renuncia a la publicación y, en un sentido, eso no importa pues los colegiantes ya tenían el texto. Leibniz conoce el texto. De que está hecho ese texto. Comienza por la Ética demostrada a la manera geométrica. Es el empleo del método geométrico. Muchos otros ya han empleado este método, pero generalmente sobre una secuencia en donde una proposición filosófica es demostrada a la manera de una proposición geométrica, de un teorema. Spinoza arranca eso al estado de un momento en una secuencia y va a hacerlo el método completo de la exposición de la Ética. Si bien la Ética se divide en cinco libros. Comienza por definiciones, axiomas, proposiciones o teoremas, demostraciones del teorema, corolario del teorema, es decir las proposiciones que derivan del teorema, etc... Ese es el gran viento, eso forma una especie de mantel continuo. La exposición geométrica ya no es la expresión de un momento en una secuencia, puede extraerla completamente puesto que el método geométrico va a ser el proceso que consiste en llenar el plano fijo de la substancia absolutamente infinita. Entonces un gran viento calmado. Y en todo eso hay un encadenamiento continuo de los conceptos, cada teorema remite a otros teoremas, cada demostración remite a otras demostraciones.